Allá por los tiempos de mi niñez, la obesidad era una ausente entre los jóvenes de mi entorno natal. Primero, porque las chucherías y comida basura o chatarra, eran desconocidas en los pueblos, y la otra comida, la de verdad, no sobraba. Segundo, porque se caminaba de lo lindo y se hacía mucho ejercicio… trabajando. Una hora por caminos de montaña para ir a la escuela, era normal para muchos en las aldeas de montaña asturianas. O varios kilómetros para llevar y buscar una vaca al prado. En el verano eran usuales algunas horas de marcha, para llevar suministros a los segadores que estaban a la hierba por los montes. Ahora, a caminar por esos parajes se le llama el deporte del senderismo.
Junto con mi hermano y primos me divertía, sin conocer el término deporte de riesgo. Saltábamos por ríos y barrancos, muchas veces exponiendo la vida, repegando por riscos y laderas, a mano libre, en diversas modalidades de escalada. Ahora se puede practicar en rocódromos, dentro de cómodas salas cubiertas, y con absoluta seguridad. Rafting, barranking y otros nombres gringos, son los que ahora se utilizan para describir ciertos deportes que, en mi niñez, eran actividades que carecían de nombre para mi.
A mi edad actual he ido cambiando algunos. Ahora, mi principal deporte de riesgo es el tapeo. De riesgo, por eso de las grasas, el colesterol y el azúcar; extremo, por lo que afecta al bolsillo. En el verano varío un poco. Me gusta más el deporte extremo del terracing. Es muy agradable sentarse en una mesa en el exterior de una cafetería, tasca o restaurante. Eso si, a la sombra, y tomar algo mientras se contempla a los transeúntes y se mantienen conversaciones triviales. Es un deporte extremo, por lo costoso. Hay que tener en cuenta que, el consumo en terrazas, según y donde, puede hasta duplicar el precio con respecto a la barra. ¿Pero quién quiere perderse el variopinto devenir de la gente?
Lo único que no había abandonado es el senderismo, muchas veces, por los mismos parajes de montaña que me vieron crecer. Aunque ahora voy con la cámara fotográfica en ristre. Pero he vuelto a retomar mis viejos deportes. Ahora, de nuevo he agarrado la raqueta de tenis y la bola de blowblig. Del béisbol he comprobado que sigo siendo tan mal bateador, pero buen pitcher. Además, me he iniciado en el golf y, aunque no lo crean, también en el boxeo. ¡No tienen idea de cómo quita el frío un solo round tirando golpes!
Pero no corro el riesgo de llegar a sufrir del mal del codo de tenista, o de que me partan la nariz de un puñetazo. Ahora practico todo esto en la comodidad de la sala de mi hogar, frente a la pantalla del televisor. Y todo gracias a ese invento tecnológico llamado Nintendo Wii. Yo no soy amante de los juegos de cónsolas. Muy lejos me han quedado las épocas del primer Atari, con el que batí récords destruyendo invasores y asteroides, y participé en numerosas batallas espaciales. Pero los desarrolladores de la Wii nos llevan a una nueva dimensión en las prácticas deportivas virtuales. Supieron encontrar una fantástica forma de hacernos levantar el culo del sofá.
El gasto ha valido la pena. Ahora todos somos deportistas. Yo, que soy el que menos lo uso, ya estoy a punto de alcanzar los 1000 puntos que me darán el rango de profesional en tenis. ¡Cuídate Nadal!
Fotos: Escalada_1 y Escalada_2 sacadas de Internet.
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Martes, 24 de Junio de 2008 a las 15:22 h.
[...] guardián del faro, escribí acerca de los que, ahora, a mi edad, se han convertido en mis “deportes extremos“. Al final hice mención de que, gracias a la videoconsola Nintendo Wii, muchas personas [...]