El guardián del faro El viejo afilador — el guardián del faro
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El viejo afilador

El oficio de afiladorLlegando de pasear a mi perra por Madrid, hace pocos días, me lo encontré en el portal del edificio. Era lo que menos me esperaba encontrar. El estaba llamando a todos los pisos a través del telefonillo intercomunicador, ofreciendo sus servicios. La vista de su bicicleta equipada con la rueda de afilar, me trajeron gratos recuerdos infantiles.

Por un momento, transportado al pasado, escucho nuevamente el sonido de la flauta de pan con la que él se anunciaba, a la voz de: “afilador y paragüero”. Veo al afilador llegar por el camino, empujando la tarazana, un curioso e ingenioso artilugio. Era una rueda enorme, casi como de carreta, rodeada de una armazón de madera y una gran correa. Para afilar algún cuchillo o tijeras, la estructura se convertía en una base que apoyaba en el suelo, con lo que la gran rueda subía y quedaba libre. Se acoplaba una correa de cuero y mediante el pie, dándole a un pedal, el afilador estaba listo para hacer girar las ruedas de afilar, teniendo las dos manos libres para manipular los utensilios a los que necesitaba renovar el filo. Primero los pasaba por la piedra de desbaste, la gruesa, y luego por la fina o pulidora, devolviéndonos un cuchillo de filo perfecto.

Pero no se limitaba solo a eso, pues el hombre tenía otros conocimientos y habilidades manuales. También te arreglaba las varillas rotas de un paraguas. Incluso podía colocarle un parche al fondo de alguna olla o caldero que se hubiera perforado. Y mientras trabajaba, el afilador, ansioso de plática que mitigara un poco su andariega soledad por los caminos polvorientos, solía darnos noticias de lo que ocurría en otros pueblos más lejanos: si Telva, la hija de Juana “La Orteñona” ya es madre primeriza; si Pepín, el de Robezo, sufrió un accidente en la mina, pero ya está bien; si la vaca del molinero de Casomera parió un xatu (jato) enorme; si la cosecha de tomates sufrió con las heladas, pero la de patatas viene abundante, o si los lobos bajaron hasta la carretera este invierno, por los lados de Felechosa. El afilador y el panadero, ―que pasaba repartiendo el pan que llevaba a cuestas de sus caballos― eran como el periódico del día.

En España se dice que este oficio se originó en la gallega provincia de Orense, de donde pasó a todo el Nuevo Mundo con los inmigrantes, pues no en vano fue un oficio que tomaron los campesinos pobres del interior, que no podían vivir del producto de sus tierras. Hoy, el personaje del afilador va desapareciendo de las calles, al menos en las grandes urbes. Algunos han dejado su condición andariega y se han instalado en locales, donde ofrecen otros servicios, generalmente en el ramo de ferretería. Más raro es verlos aún con bicicleta, que fue la sucesora de la gran rueda de afilar original, y que prácticamente todos habían cambiado por la moto, en una evolución lógica. Sin embargo, en Venezuela, curiosamente, no hace mucho llegué a verlos de a pie. Llevaban en bandolera una caja con una rueda de afilar que propulsaban con una mano, mediante una manivela simple, mientras con la otra mano sujetaban el cuchillo que afilaban. No es práctico el sistema, pues se necesitan las dos manos para un correcto agarre y colocación del instrumento que se afila, sobre todo si se trata de tijeras.

Con el advenimiento de los cuchillos de filo permanente y los utensilios caseros para afilarlos, el viejo y noble oficio de afilador ambulante parece tender a extinguirse. Los pocos que quedan se van jubilando y, por su parte, los jóvenes no quieren ser afiladores, por lo que no hay quien tome el relevo para este oficio. Así que, si bien no ha muerto, de seguir así pronto quedará como un recuerdo nostálgico en la memoria de quienes lo vivieron, en las exposiciones temáticas y museos, en el anecdotario del pasado o en alguna breve narrativa como esta.

Actualización: Así como cuando compras un auto comienzas a notar cuantos modelos iguales circulan, encuentro en Internet temas sobre el afilador. Estaba seguro de no tener la exclusiva de esos recuerdo. Pero es muy grato saber que tantos otros, al igual que yo, no necesitan encontrárselos en la calle, ni de verlos en fotografías, ni siquiera de escuchar la melodía de su flauta. Porque podemos cerra un instante los ojos y seguir viendo y oyendo al afilador de nuestra infancia.

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5 Comentarios en “El viejo afilador”

  •     Luis Amezaga

    Me ha agradado enormemente esta entrada. ¡El afiladooor! Los jóvenes ni sabrán de qué está hablando. Música para mis oídos. Nostalgia y vida en la calle, algo tan extraño para los chavales hoy en día.

  •     Marlu

    He visitado tierra de árboles y he visto un relato sobre los afiladores. Elotro día escuhaba a uno y comenzaba su canción…una canción que nunca he escuhado entera. Lo de arreglar una olla se llamaba “restañar” porque utilizaban estaño. Mira, me he emocionada, así, sinmas. Un abrazo.

  •     Goathemala

    No te digo nada…

    Decididamente nos alineamos en esta entrada sin conocernos. Será que nos sensibilizan las mismas cosas ¿verdad?

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  •     jodie398

    Sera viejo y noble el oficio de afilador pero para nada agradable de recordar por lo menos para mi, exactamente igual que el de colchonero y tantos otros de aquellos años con tantas carencias basicas . No decididamente no.
    Mi opinion es esta no hay que idealizar ciertas vivencias.

  •     El guardián del faro

    [...] Cuando yo era niño, en mis tierras asturianas no se tenía una noción particular de reciclaje como tal, pero nada se desperdiciaba. Un caldero, un barcal, una palangana o una olla que se había perforado, eran diestramente restañadas por el “afilador“. Era un peculiar y típico personaje que pasaba periódicamente. Para anunciarse hacía sonar su flauta de pan, sonido que lo caracterizaba, junto con el grito de: “afilador y paragüero“. Porque también arreglaba las varillas rotas de cualquier paraguas. Ahora terminan en la papelera. En mis recuerdos siempre será el viejo afilador. [...]

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