
En un grupo de cincuenta personas, en donde diez tienen noventa años, otros diez tienen ochenta, otros diez cincuenta y los otros veinte tan solo 10 años, decir que el promedio de edad del grupo es de 48 años sería matemáticamente correcto; pero es una estupidez desde cualquier otro punto de vista.
Si algo he aprendido a tomar con cierta prudencia, e incluso algo de desconfianza, son las cifras que me hablan de promedios y estadísticas, en particular si provienen del gobierno. Por un lado porque es conocida la tendencia a maquillarlas, inflándolas o disminuyéndolas según convenga. Por otro lado, porque nada puede llegar a ser más inútil y engañoso que una cifra estadística, máxime si no te dicen cómo ha sido medida y obtenida. Puede que las estadísticas no mientan, pero puede que sí omitan datos relevantes, sabiendo que a la gente le tranquiliza leer titulares tales como "sube la tasa de empleo en Venezuela" o "se ha producido un descenso en los intereses de las hipotecas…"
Recuerdo hace unos pocos años atrás cuando, en Venezuela, el gobierno se atribuyó el logro de una drástica caída en las cifras de siniestralidad de fin de semana. Lo que no dijeron fue que habían modificado la forma como las contabilizaban, ni que redujeron las horas de medición. Entre otras modificaciones, ya no incluían las noches del viernes.








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De que las hubo las hubo. Porque épocas hubieron en que la obesidad era socialmente tomada como una manifestación de buena salud, y marcó los cánones de la hermosura. No hay más que ver los cuadros de siglos pasados, con retratos de rollizas majas. Además, la obesidad pasó a ser casi un símbolo de estatus, pues se asociaba con estar bien alimentado, cosa que no todos podían hacer. Aquellos fueron los siglos de la obesidad, divina obesidad.







