España, el gran geriátrico

La realidad subjetiva

grupo de ancianos
Hay realidades absolutas, esas que no tienen discusión alguna. Si está lloviendo y sales sin protección, lo quieras o no lo quieras, lo cierto es que te mojarás, por muy romántica que la lluvia te parezca, por más flaco que creas ser o por mucho que corras. Si te golpean fuertemente con un ladrillo en la cabeza te dolerá, y posiblemente te la rompan o quede un chichón como muestra evidente, por más que los metafísicos y filósofos quieran decir que todo tu entorno es irreal, una simple ilusión perceptiva del ser humano. Pero hay un sinnúmero de situaciones en que no es la realidad objetiva la que nos afecta, sino la subjetiva, esa percepción personal que tenemos de la realidad.

¿Realidades subjetivas? ¿Cómo puede haber un realismo subjetivo, te preguntas? No me extraña que te lo cuestiones. Generalmente se piensa que las cosas, o son reales o son subjetivas, ―falsas o irreales. ― Bueno, puedo decirte algunas.

Caso uno. Estás en pleno invierno y el termómetro marca 5º C. Esa es la realidad objetiva, la medible, la cuantificable. Sin embargo, debido al viento, la sensación térmica que tienes es unos cuantos grados más baja, y eso es lo que cuenta para ti.

Caso dos. Estás tiritando debido a una enfermedad y pides que te cierren las ventanas de la habitación mientras te arropas hasta la cabeza. Poco te importa que te digan que es plena canícula estival y el cristal del termómetro está a punto de derretirse. Tú tienes frío, y esa particular percepción subjetiva de la realidad es lo que te importa a ti.

Caso tres. Te despiertas en medio de esa espantosa pesadilla recurrente que tienes desde que eras chiquillo. Crueles cazadores de cabeza ataviados con máscaras horripilantes y coloridos adornos te persiguen. Es una árida y desolada llanura sin fin bajo un sol inclemente. Con la mano, tú te tapas la herida causada por una lanza, y de la que se empeña en fluir una espesa sangre de un fuerte color rojo oscuro. Tratas de huir pero es inútil, pues resbalas en la fina arena sin avanzar un palmo. Afortunadamente, tu sistema defensivo trabaja, y al igual que las otras veces, un segundo antes de que se produzca el infarto del miocardio, te despierta sacándote de tal desesperante pesadilla. A pesar de que la temperatura del dormitorio es de escasos 10 grados, tú te das cuenta de que sudas como un condenado a muerte camino del patíbulo, y el corazón te late como si acabaras de correr una maratón completa sin entrenamiento previo. Poco te importará que muchos sicólogos pretendan afirmar que las imágenes generadas durante la actividad onírica son en blanco y negro, y que los sueños son irreales y no pueden causar alteraciones físicas, aunque sean pesadillas. Lo que para ti importa es lo que estás sintiendo, aunque sea una realidad subjetiva.

En síntesis, muchas veces, lo que cuenta no es tanto las realidades físicas concretas y reales, esas que son llamadas objetivas, que pueden palparse, medirse y cuantificarse matemáticamente, sino las que se perciben subjetivamente a través de todos los sentidos. Bien conocida es la creencia de que la primera impresión es la que cuenta. Y buenas bases tiene, porque en un gran número de ocasiones dejamos impresionar nuestros sentidos por la apariencia externa de lo primero que percibimos, y subjetivamos los hechos juzgando por esa impresión. En este sentido, así como mi percepción personal de Venezuela es que se trata de una enorme escuela preparatoria llena de adolescentes bullangueros y desordenados, en el polo opuesto, España me parece un gran geriátrico.

Yo no tengo más que salir por Madrid y mirar alrededor. No veo sino ancianos y más ancianos. En el Metro la cosa no es tan acentuada, pero si me subo en un autobús, tendré la sensación de que es la hora de entrada o salida de alguno de los hogares de cuidado diario para las personas de la tercera edad. Y en algunas rutas es mucho más evidente que en otras, como es el caso en la línea 53 (Puerta del Sol – Parque de San Juan Bautista) y algunas otras que he utilizado.

Para que este aparente esquema de predominio de los ancianos cambie visiblemente, se hace necesario ir a los llamados ensanches o a los barrios de construcción más nueva, o aquellos en que, por ser de menor coste inmobiliario, concentran a gran parte de los inmigrantes que, por lo general, no sólo son jóvenes sino que no se preocupan por el control de la natalidad.

Pueblo abandonadocasa abandonada Y me he referido a Madrid como representativa de las grandes ciudades pero, si se hace un recorrido por los pueblos, la evidencia de este gran geriátrico es más palpable. Las mermadas poblaciones están mayormente compuestas por personas de edad avanzada.

Hay regiones con caseríos en ruinas y pueblos totalmente deshabitados. En otros, sin esperanza alguna de continuidad, no quedan más que ancianos. En ellos escucharás las risas infantiles solamente durante el verano, o en algunas épocas de largo asueto laboral, cuando los hijos llegan de visita trayendo consigo a los nietos.

Esta ha sido mi impresión personal. ¿Pero cual es la realidad objetiva? Para no hacer esto muy largo, esa otra la trataré en un capítulo siguiente, Una España envejecida.

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