En un lugar, de cuyo nombre prefiero no acordarme, hay un cruce de dos carreteras nacionales que son la propia cruz sobre el mapa. El lugar es más llano que una mesa de billar, y la vista alcanza de horizonte a horizonte a través de los campos. Puede estar en las pampas argentinas, en los llanos venezolanos, en las estepas ucranianas, en la planicies de Nazca, en las llanuras de Kansas o en cualquier otro lugar de la Tierra. Pero está en Castilla, España. Y en la dirección norte-sur hay una señal de STOP… si aún no la han quitado.
Hace ya un tiempo, viajaba yo acompañando a un tío desde Asturias a Madrid. Mientras nos acercábamos a la muy visible intersección, mi tío, conductor cuidadoso, fue reduciendo la velocidad. Los dos vimos la señal. Al otro lado del cruce, también vimos a un solitario policía de carreteras al lado de su motocicleta. Era la propia estampa del buitre esperando ver el final de la presa moribunda.
<<¿No es un lugar un poco extraño para un policía? Aquí no tiene nada que hacer>> Dije yo.
Mi tío colocó el neutro, y llevando el pie sobre el pedal del freno fue reduciendo la velocidad aún más, hasta casi detener el auto. Sin embargo, como no se veía vehículo alguno a kilómetros de distancia, en ninguna dirección hacia la que se mirase, no consideró necesario detenerse por completo, por lo que, metió primera y siguió. No habíamos terminado de cruzar cuando el policía hizo señas de que nos detuviéramos a un lado.
Sigue leyendo →