(…) A diferencia del avión, autobús o tren, los viajes cortos en el metro producen un comportamiento bastante similar. Si algunos conversan es porque, o bien entraron juntos o se conocen. De lo contrario, a muy pocos se les ocurrirá hablar con el vecino de asiento, menos aún si se van de pie. Si se intenta, lo más probable es que se obtenga un rechazo, tácito o explícito. Por lo tanto, una buena parte de esos viajeros prefieren aislarse y protegerse de los demás, escondiéndose bajo unos audífonos escuchando la música de sus dispositivos mp3, o detrás de las páginas de cualquier libro o periódico. Son muy convenientes para eso los tabloides para la información rápida, tales como el Metro, 20 Minutos, Qué, y el Gol, entre otros, que se reparten gratuitamente temprano durante las mañanas en las entradas de las estaciones de metro en Madrid. Mis hijas, que podrían dormir hasta debajo del agua, lo resuelven de manera diferente, simplemente duermen. No me pregunten como hacen para saber que llegaron a la estación.

He estado siguiendo el desarrollo de los referendos en cada país miembro, para la respectiva aprobación al proyecto de una única constitución para toda la Comunidad Europea. Pero me pregunto si una mayoría significativa de las personas habrán leido el proyecto. ¿Y quienes lo leyeron lograrían poner también sus ojos sobre los protocolos anexos, o lo que podríamos llamar la letra pequeña del contrato? De uno de los artículos contenidos en estos es de donde surge la pregunta con que encabezo este trabajo de hoy. ¿El llamado Derecho a la vida, que allí se establece, está operando realmente?
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Yo era uno de los tantos que pensaba que nada gratis y bueno podía encontrarse en la vida… a parte de la contemplación y disfrute de la naturaleza o una buena partida de ajedrez con un amigo de similar nivel de juego. Y más aún en asuntos de computación. Pero estaba equivocado. Yo llevo metido en el mundo de la computación desde hace tanto que no recuerdo, pero sí sé que fue desde antes de que apareciera la primera computadora personal. Ni que decir tiene que fui uno de los muchos enamorados de Lisa, de Apple, cuando salió al mercado. No, no se pongan a calcularme la edad en base a eso. Fue un salto enorme después de haber pasado por la Sinclair ZX-81 y otras de enchufar al televisor. Aquella era una época en que lo usual en materia de computación eran los grandes mainframes corporativos IBM 360, que se programaban a fuerza de tarjetitas perforadas, época en que yo le metía duro a los lenguajes de programación RPG, COBOL y FORTRAM. Pero, fíjense que existen programas gratuitos, mejor conocidos como freeware. Seguramente que muchos de los que esto lean ya se han encontrado con algunos. Lo mejor de todo es que, entre tanta basura gratuita, que la hay, que a veces no hace sino llenarte de problemas, he encontrado algo tan bueno que quiero hablarles de ello. Se trata de un programa de esos calificados como anti spyware. Quienes navegamos en Internet diariamente sabemos bien lo molestos que pueden ser algunos aditivos que nos devuelven, tales como los denominados programas espías, o spyware que tratan de rastrear tus hábitos de navegación, tus gustos y, en fin, tu vida, si acaso no todo lo que hay dentro de tu ordenador. Y yo soy muy pero que muy reservado con mi vida personal, y por si fuera poco, soy más reservado aún con lo que tengo en mi portátil… a pesar de que nadie podría encontrar en ella nada con que chantajearme, ni diciéndoselo a mi esposa o publicándolo en Internet.
Hoy doy por iniciada esta bitácora, por cierto que sin el aspecto que yo desearía. En los próximos días espero poder aprender a configurarla. Los que han pasado por esto ya saben a que me refiero: colocar el tipo de letra que quiero para los títulos, subir las fotos que necesito y esas cosillas.
Una vez arreglados esos aspectos de estilo y apariencia, voy a iniciarme compartiendo con los lectores una narrativa, un pequeño cuento. Es algo que he escrito en memoria de un ser único, agradecido amigo y fiel compañero. Me refiero a un animal de compañía, una mascota que he tenido, en este caso un gato. ¡Perdón, amigo fiel, por el leve descuido en mi vocabulario! No fuiste ni mascota ni animal de compañía. Tú fuiste un miembro de la familia y, definitivamente más, mucho más que un gato.
Escribirlo me ha ayudado a sacudirme el tremendo dolor que las circunstancias de su trágica e inhumana desaparición me produjeron. Quienes alguna vez han amado a una persona, un animal, una planta o cosa alguna, seguramente comprenderán. Quien no lo ha hecho aún, es posible que el tema les resulte útil para reflexionar y caminar un poco mejor por la vida.







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