Anécdotas del Metro

(…) A diferencia del avión, autobús o tren, los viajes cortos en el metro producen un comportamiento bastante similar. Si algunos conversan es porque, o bien entraron juntos o se conocen. De lo contrario, a muy pocos se les ocurrirá hablar con el vecino de asiento, menos aún si se van de pie. Si se intenta, lo más probable es que se obtenga un rechazo, tácito o explícito. Por lo tanto, una buena parte de esos viajeros prefieren aislarse y protegerse de los demás, escondiéndose bajo unos audífonos escuchando la música de sus dispositivos mp3, o detrás de las páginas de cualquier libro o periódico. Son muy convenientes para eso los tabloides para la información rápida, tales como el Metro, 20 Minutos, Qué, y el Gol, entre otros, que se reparten gratuitamente temprano durante las mañanas en las entradas de las estaciones de metro en Madrid. Mis hijas, que podrían dormir hasta debajo del agua, lo resuelven de manera diferente, simplemente duermen. No me pregunten como hacen para saber que llegaron a la estación.

Fue una de estas largas noches de intensa lluvia tropical, en que hacía guardia en lo alto de mi faro. Ahuyentaba los revoloteantes murciélagos del sueño matándome la cabeza, tratando de aprender, sin tener que llamar a Mandrake el Mago, a configurar mi bitácora para mejorar la apariencia a la plantilla y personalizarla. Pero nada, o aprendo programación HTML, cosa de la que no tengo ganas, o me busco un programa editor de páginas web, a ver si es cierto que me hace la vida más fácil.

El caso es que revisaba algunos weblog interesantes que me dieran ideas, por si de tanto verlos me aclaraban qué era eso de los trackbak, permalinks y pings. Fue cuando me crucé con la página llamada sdelmont en la que su autor, Sebastián Delmont, titulaba su tema del día La Lupa. Con una simpática foto alusiva, narra sus reflexiones de la observación de un hombre, ya de edad, de blanquísimo cabello, barba y bigotes, que sentado frente a él en un vagón del metro, lupa en mano leía un periódico.

Creo que no hay que ser excesivamente observadores ni obtener un grado en psicología, para darse cuenta que, el metro y los ascensores son contenedores dentro de los cuales, el ser humano suele mostrarse cohibido y huraño. ¿Han visto que alguien, dentro de un ascensor concurrido, mire a los ojos o el rostro de otra persona o intente conversación con un desconocido? Seguramente que no. No importa si solamente son dos personas (que se colocarán en un extremo opuesto) o diez. Todos clavarán sus ojos en las puertas o en los números que van indicando los pisos, aunque falten 40 para llegar al destino. El asunto es no cruzar la vista con otra persona, porque en aquel estrecho recinto, los límites del espacio personal han sido traspasados y se produce una sensación de vulnerabilidad e incomodidad. Hay que tener mucho mundo y mucho saber ser para entablar una conversación que no resulte incómoda.

A diferencia del avión, autobús o tren, los viajes cortos en el metro producen un comportamiento bastante similar. Si algunos conversan es porque, o bien entraron juntos o se conocen. De lo contrario, a muy pocos se les ocurrirá hablar con el vecino de asiento, menos aún si se van de pie. Si se intenta, lo más probable es que se obtenga un rechazo, tácito o explícito. Por lo tanto, una buena parte de esos viajeros prefieren aislarse y protegerse de los demás, escondiéndose bajo unos audífonos escuchando la música de sus dispositivos mp3, o detrás de las páginas de cualquier libro o periódico. Son muy convenientes para eso los tabloides para la información rápida, tales como el Metro, 20 Minutos, Qué, y el Gol, entre otros, que se reparten gratuitamente temprano durante las mañanas en las entradas de las estaciones de metro en Madrid. Mis hijas, que podrían dormir hasta debajo del agua, lo resuelven de manera diferente, simplemente duermen. No me pregunten como hacen para saber que llegaron a la estación.

Pero ya me desperdigué. El asunto fue que, en los días subsecuentes a mi encuentro con el artículo de La Lupa, pude leer un buen número de comentarios que le hacían personas que recordaban alguna experiencia similar. Por supuesto que a mi mente también vinieron unas cuantas anécdotas, de las que decidido contar dos que, de cierta forma, reflejan el nulo sentido de la oportunidad que algunas personas tienen. Porque de que los hay los hay, y a paladas. Me refiero a esos que, ya desde niños, van por la vida sin importarles un bledo los demás.

La Balada de la Trompeta.

Una mañana de primavera del año pasado, mi esposa viajaba en la línea 2 del metro de Madrid, entre las estaciones de sol y Manuel Becerra, acompañada por nuestras dos hijas y una amiga de ellas. La mayor estaba sentada a su lado y, en frente, iba sentada Lilian, la menor, completamente dormida, con su cabeza apoyada en el hombro de su amiga Rosana, que también dormitaba.

En una de las estaciones intermedias, subió al semivacío vagón una de tantas personas necesitadas que, entre parada y parada, después de cantar, recitar o tocar algún instrumento, piden alguna colaboración por su arte. El desaliñado joven de turno llegó con una gran trompeta en mano. Nada más verlo, mi esposa sumó dos más uno y vio muy claro el resultado. Haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada anticipadamente, le daba con el codo a nuestra hija mayor para que dejara de hablar y prestara atención a lo que iba a suceder.

El trompetista, sin mediar palabra, se colocó en el pasillo, en medio de ellas cuatro. Levantó la trompeta, se la llevo a los labios, hinchó los pulmones y sopló con intención de que escucharan hasta en el último vagón, dando inicio a algo que pareció la Balada de la Trompeta.

Escucharse las primeras notas, pegar un brinco en el asiento las bellas durmientes, darse cuenta del intruso trompetista y acordarse de la madre que lo parió, fue una sola y única cosa. > Decía la amiga de mi hija, mientras las dos golpeaban con sus carteras al inoportuno músico.

Las hilarantes carcajadas de mi esposa, mi hija mayor y los pocos presentes, se escucharon durante un buen rato, aún después de que el frustrado y abochornado músico se bajara en la siguiente parada para buscar mejor suerte en otro vagón.

Un idioma muy claro.

Ocurrió hace ya un buen número de años, cuando yo era mucho más tolerante con las estupideces humanas. Hacía uno de tantos viajes en el metro de Caracas, entre las estaciones de Capitolio y Chacaito. Por ser una hora pico, el vagón se encontraba atestado. Yo iba de pie, cerca de una de las puertas, por haber cedido el sitio, en la estación de Colegio de Ingenieros, a una señora que entró con un niño de unos 10 años quien, en mala hora para mí y otros muchos, tuvo que conformarse con quedar de pie, a su lado.

Totalmente ajeno a la concurrencia que allí estábamos encerrados, el muchacho comenzó a gesticular con las manos y a canturrear en voz fuerte y aguda algo que, en resumidas, era como una interminable combinación de frases compuestas por dipiridibi en todas sus formas posibles.

Por si fuera poca la molestia sonora, con los vaivenes y tumbos del vagón, el jovencito, sin la más mínima consideración, no dejaba de moverse, empujar, pisar y golpear a quienes estábamos a su lado. Todos los afectados, por ya no recuerdo que clase de estúpida educación, estoicamente aguantábamos sin rechistar.

De vez en cuando, la madre del engendro, con voz más mustia que una hoja de lechuga al sol por tres días, sin ningún ánimo de hacerse obedecer le pedía que se quedara quieto. En una de tantas, el niño le respondió que él estaba hablando con ella. > Y sin más, continuó torturándonos los oídos con su dipiridibi a todo gañote. Y pareció que se enardeciera por momentos. Llegué a pensar que le daba un ataque de epilepsia, mientras yo no encontraba detrás de quien colocarme para quedar lejos del alcance de sus pies y codos.

Como bien dice el sabio refranero popular, que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo soporte, el Metro llegó a la estación donde me bajaba. Se abrieron las puertas con su característico sonido hidráulico, salieron quienes estaban apretujados contra ellas, y yo me moví hacia allá junto con la masa de cuerpos. En ese preciso momento, el inquieto jovenzuelo aquel se atravesó en el medio y, por puro y fortuito accidente, cuando me di cuenta ya lo había pisado. Para su mala suerte, por unos brevísimos instantes, todo mi peso corporal se concentró en el tacón de mi zapato debajo del cual él había colocado uno de sus pies. Escuché el grito de dolor y trastabillé al tratar de deshacer lo ya hecho, cambiando mi peso hacia el otro pie. El niño me miró encendido en cólera. Yo lo miré también, bastante por encima de él. Abrí los ojos desmesuradamente, moví mi cabeza como si me hubiera entrado un ataque de algo, levanté los hombros y gesticulé ostensiblemente con las manos como si me hubiera entrado una tiritera, mientras de mi boca salieron fluidas retahílas de dipiridibis cual si fuera mi idioma materno. Luego di la vuelta tan campante y salí del vagón.

Mientras me alejaba escuché las carcajadas de todos los que quedaron. Estoy seguro de que el niño entendió, porque le hablé muy claro y en su propio idioma. Sobre lo que pudo haber entendido la madre, nunca estuve seguro.

flecha subir Al inicio Home

On this day..

Esta entrada fue publicada en Cosas diarias, Madrid, Venezuela y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

2 Respuestas a Anécdotas del Metro

  1. Ana María Bueno Torres dijo:

    Hola papa de Key:

    Que tal? Me presento: soy Ana, una amiga de Keyla en Madrid, la cordobesa, se que le han hablado de mi. Al igual Lili me comentó sobre esta nueva página suya y he leido un poquito. Y viendo que no hay muchos comentarios aún pues le mando el mio.
    Sobre la página no la puedo juzgar porque no entiendo pero sí decir que me encanta el diseño de la imagen del comienzo de la página y que me es admirable ver como la gente aprende sola cuando le interesa algo, y según me han informado este ha sido un caso. Enhorabuena por ello.
    Y respecto a este artículo, pues me he reido mucho y me agrada también leer algo sobre la forma de pensar del papa de una de mis mejores amigas. Hasta pronto.

  2. Alfredo dijo:

    Hola Anita. Por supuesto que sé quien eres. Lamentablemente yo no te pude conocer durante mi estadía en Madrid, porque tú estabas en Córdoba preparando oposiciones. Gracias por tu comentario. Amplios o cortos, apoyando o contradiciendo, todos se agradecen. Lamentablemente, no todos los que leen estas bitácoras dejan comentarios. Aún no termino de diseñarla a mi gusto, resulta lento ser autodidacta. Sin embargo ya estoy más satisfecho de como va marchando.
    Un saludo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *