De burócratas y caprichos

atención al públicoHace un tiempo tuve la necesidad de realizar trámites para obtener algunos documentos en Venezuela. Los funcionarios amables y atentos abundan en este país. Pero, de todos modos, yo aborrezco acudir a las oficinas públicas, porque los burócratas malencarados tampoco son nada raros. Entre ellos, los peorcitos son los que, además, muestran una actitud caprichosa, necia y prepotente que saca de quicio al más pintado. Y se necesita que te encuentres con uno, solamente con uno de estos para que te arruine el día, o varias semanas.


En repetidas oportunidades he podido constatar esa peculiar sensación de seudo-poder que muchos de esos atípicos burócratas creen tener sobre el resto de los ciudadanos, por el simple hecho de ocupar el cargo público que los faculta para otorgar o negar lo solicitado. Ellos conocen bien que no tienen la potestad de negar cuando los requisitos han sido llenados por el solicitante. Lo quieran o no, deben cumplir con el acto administrativo y entregar el documento correspondiente. Pero también saben que pueden retrasarlo y hacerle las cosas muy cuesta arriba. Y no es nada raro tener que “enjabonarles” las manos de alguna forma para que las cosas fluyan.

Oficina sin nadie. Foto por dotkang en Flickr Hay oficinas en donde siempre parecen tener alguna necesidad personal o grupal que te harán saber, unas veces como al descuido, otras veces en forma muy directa. O bien tienen que comprar los útiles escolares a los hijos, o se trata de la operación urgente de la suegra o el arreglo del auto; la celebración del cumpleaños del jefe o la reparación del aire acondicionado de esa oficina que no cuenta con presupuesto para ello. O simplemente te encasquetan la rifa para la fiesta de la virgen de algo. Constantemente están abiertos a todo tipo de colaboraciones económicas, eso sí, siempre que sean hechas “espontánea y desinteresadamente”.

Por otra parte están las dichosas habilitaciones. Entregarte el documento que pides puede tardar 8 o 15 días, por la vía normal. Pero si pagas para habilitar el despacho, entonces podrá estar en un par de días. ¿Y cuanto cuesta eso? ¡Esas son las grandes sorpresas! En el Registro Principal de Barcelona, en el Estado Anzoátegui, el simple registro de un título universitario puede llevarse una semana, por la vía “normal.” El costo es razonable y se paga en especies fiscales ―los llamados timbres fiscales o estampillas. ― Pero puedes obtener el documento en menos tiempo, ―5 días, 4 días, 3 días…― y cada día menos de espera tiene un costo mayor, diferencia que pagas por taquilla y en efectivo. Bueno, uno piensa que, al menos, la “habilitación” puede sacarlo a uno de problemas cuando le es urgente obtener un documento. ¿Pero a qué costo?

Hace algunas semanas me fue preciso obtener para mi esposa un certificado de antecedentes policiales. Por la vía ordinaria, el documento es prácticamente gratuito. Pero obtenerlo con prontitud en La Guaira ya no fue gratis. Después me resultó necesario llevarlo a Caracas y pasarlo por el Registro Principal; luego por el Ministerio de Justicia, para las respectivas legalizaciones de firmas. Finalmente, el documento fue por ante el Ministerio de Relaciones Exteriores, para que le colocaran la Apostilla de La Haya, para que tuviera efectos en el exterior. En los cuatro sitios habilité el trámite para obtener el documento en el menor tiempo posible. La gracia me salió por un total de 450.000 bolívares, ―unos $210― lo que representó el equivalente a más de un mes de salario mínimo.

Pero la práctica interesada de habilitar los trámites ha conllevado a una mayor tardanza cuando se hacen por la vía ordinaria. En ocasiones, da la impresión de que, esas demoras, no son sino simples maniobras, tácticas dilatorias de los propios funcionarios para que se les habilite… o se les pague.

En una ocasión, durante casi dos meses, y siete u ocho idas y venidas, invariablemente me respondieron que el documento no estaba listo, alegando que el funcionario encargado de su firma no estaba. En los pasillos escuché los comentarios agrios de los usuarios que, en voz baja, se quejaban de que los trámites no salían si no había pagos bajo cuerdas. La última vez, ya bien molesto, mostré mis credenciales y pedí hablar con el Director, para poner una denuncia, porque, si quien tenía que firmar llevaba un mes que no acudía, y no era precisamente por estar de vacaciones ni de reposo médico, se me hacía evidente que había un funcionario que cobraba del Estado un salario sin trabajar. Nunca llegué a hablar con el Director, pero unos diez minutos más tarde yo salía de allí con el documento en mis manos. Me dijeron que estaba firmado, solamente que había sido mal archivado y por eso no lo encontraban. Esa vez salí bien. Sin embargo no me gusta recurrir a estos extremos… ni siempre se logran solucionar las cosas tan fácilmente. Pero de verdad que llegó un momento en que me pregunté si habría quien pudiera ser más prepotente, caprichoso y desesperante que un mal funcionario público.

¡Dios me libre de los burócratas caprichosos y prepotentes, que de los demás me cuido yo!
Y utilizo la palabra burócrata, en su sentido más amplio, para englobar tanto a los empleados como a los funcionarios públicos, porque si bien en algunos países son lo mismo, en otros, como en Venezuela, tienen una condición diferente.

Actualización: Leer el artículo: Poder corrupto


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