IBERIA y sus retrasos (I)

Avión de Iberia

El domingo 4 llegué a las 09:30 al aeropuerto. Lo hice solo. Las despedidas fueron en la casa. Por más de treinta años de experiencia en estos asuntos, no me gustan las caras tristes ni los llantos en los aeropuertos, ni al pie del muelle subiendo al barco. Esperé turno detrás de cinco habituales y dicharacheros cazadores que facturaban todo un arsenal. Iban para algún lugar de Rusia a cazar lo que se moviera. Como cosa que pocas veces me sucede, ese día logré chequear sin demasiada espera y facturar mi única maleta.

Confirmar una reservación

Desde el miércoles primero de diciembre estuve intentando reconfirmar mi boleto electrónico con un vuelo de regreso a Caracas para el domingo 4 a las 12:15 horas. Llamé al correspondiente número de IBERIA en donde, automáticamente, me ofrecían las opciones de marcar 1 ó 2 para ventas de boletos y otras cosas. Pero para confirmaciones me remitían al teléfono 807123456 que IBERIA tiene establecido para esos fines.

Este número 807, según conseguí saber, aunque no de manera precisa, parece ser de pago especial, ―no me dejaron claro si de tarifa reducida o recargada― y tiene la peculiaridad de que no es accesible desde los teléfonos públicos ni desde los locutorios. Tampoco se tiene acceso “normal” desde los móviles con servicio de Telefónica ni con los de otras operadoras que probé, debido a que, por defecto, se encuentra bloqueado y se precisa solicitar su desbloqueo temporal, operación que es un engorro. Fue tal la dificultad para comunicar con ese número telefónico que, en lo particular, su asignación por parte de Iberia, me parece una forma más de penalizar a sus enemigos, que no parecieran ser otros que los clientes que volamos con ella, y no entiendo por qué. El caso fue que después de recibir una respuesta negativa para realizar la confirmación a través de una agencia de Viajes Iberia y de intentar yo mismo comunicar, infructuosamente, el viernes me vi forzado a cruzar medio Madrid para presentarme en el atiborrado Terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Salí de la casa hecho un basilisco, pero en el trayecto me fui calmando y recuperé mi serenidad habitual, decidido a ser paciente, comprensivo e indulgente con la humanidad.

Elegí al azar una fila cualquiera ante una de las múltiples ventanillas de la venta de boletos de Iberia, porque todas parecían tener la misma cantidad de personas esperando. Y así como otras veces me toca la más lenta o la cajera más agriada en la cola del supermercado, considero que, en esa ocasión, tuve una gran suerte. La fila se movió rápido y la empleada de iberia que me atendió fue muy amable, toda una dama. Lamento no haber tomado su nombre para darle el crédito que se merece.

Siempre con una agradable sonrisa, confirmó mi reservación, comentó el hecho de que ya yo tuviera asiento asignado, emitió el boleto impreso y me sugirió que el domingo tratara de estar al menos con tres horas de anticipación a la salida del vuelo. Me informó que ese fin de semana habría un gran movimiento debido a que, por los dos días feriados alternados, muchos españoles harían el llamado Puente de la Inmaculada, tomándose libre toda la semana siguiente. Yo ya sabía sobre ese puente, más largo que el acueducto romano de Segovia, pero no pensé que afectaría a los aeropuertos en esa forma, por lo que le agradecí la información. La verdad es que, entre la más de media docena de caras amargadas de las empleadas de Iberia que se encontraban tras aquellas taquillas, y que se defendían de los malos humores de los pasajeros protegidas detrás del cristal, desentonaba bastante la radiante sonrisa, la tranquilidad de la voz y la atención exquisita de aquella dama, lo que me recordó un poco a Carlos, el cartero de mi amiga y encantadora escritora de blog, María Luján.
Actualización: (14-12) Por ser un tanto extenso, he dividido el artículo en dos partes. Espero que me sepan disculpar los autores de los artículos que enlazo, porque ahora quedan en la segunda parte.
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