Las cafeterías de los grandes escritores

Interior del Gran Cafe de gijon, en MadridMe contaba mi amigo Germán Fafián (músico, lutier, compositor y experto en Linux), que fue Eric Clapton, visitante asiduo del Hard Rock Café de Londres, quien le donó el primer instrumento en 1979, una vieja guitarra Red Fender Lead II, para que la colocaran señalando que aquella mesa, que encontró ocupada un día, era para su uso exclusivo. Al parecer, Pete Townshend, del grupo The Who, no quiso ser menos y siguió su ejemplo. Y así hicieron muchos otros, ayudando a configurar la rica historia y el patrimonio cultural de esta cadena de restaurantes. Lamentablemente, son demasiado ruidosos para mí gusto.

Parece ser que no hay un músico, poeta o escritor que se precie que no tenga una cafetería, cervecería o tasca que frecuente. Es el caso de la escritora Joanne Rowling y el café Nicolson, a quien suelo poner por ejemplo, debido a su reciente y conocida historia.

Aún más reciente está el caso de Mario Vargas Llosa, a quien, a raíz del Premio Nobel, la prensa le ha seguido su itinerario habitual en Madrid hasta la cafetería donde desayuna, sin olvidarse ni del quiosco donde compra el diario.

Aunque mucho menos conocidos, pero no por eso menos escritores, puedo citar también a Luis Amézaga y Adolfo Marchena en su cervecería Dortmund, en Vitoria, de quienes ya he hablado con respecto a uno de sus libros titulado La mitad de los cristales. Y así podría seguir mencionando a otros. Algunos frecuentando ambientes bohemios, como suele ser lo usual entre poetas y escritores, generalmente con más ideas, entusiasmo, ganas y tinta que dinero en los bolsillos.

Uno de estos sitios, que bien podría yo calificar de privilegiado, es el Gran Café de Gijón, en Madrid. Nació nada menos que en 1888 y, a través de estos largos 123 años ha adquirido un rancio abolengo, por el honor de haber reunido a escritores de enorme talla, como: Santiago Ramón y Cajal, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Valle-Inclán, Benito Pérez Galdós, Severo Ochoa y otros grandes personajes del cine y las artes plásticas. Y no podía yo dejar de mencionar al escultor Cristino Mallo, cuya mesa está marcada por una placa que lo recuerda.

Aunque no todos los recordados en el Gran Café de Gijón son artistas o escritores. Junto a la puerta de entrada hay una placa que, si la memoria no me falla, tiene una inscripción que reza: «Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista.» Porque hay personas que dejan su huella, más allá de su oficio u ocupación.

Por sus generosas dimensiones y el confort de sus sillas y sillones tapizados y mullidos, esta no es una de las cafeterías típicas de hoy. Este café convoca todos los años un interesante concurso literario que lleva su nombre.

Cruzando el Canal de la Mancha no puedo dejar de mencionar al super best-seller, el galés Ken Follett, quien goza del especial privilegio de tener un reservado especial.

A raíz de todo esto me he dado cuenta de que yo no frecuento ni siquiera una churrería. Habré ido varias veces a una (San Ginés) y a una misma cervecería, la sidrería El Tigre, donde las tapas son tan abundantes que con dos cañas de cerveza almuerzas.
Plato de tapa en la sidrería el Tigre, en Madrid Y cuando digo abundantes es eso lo que quiero decir, exactamente. Para esos momentos cuando esta sidrería está a reventar (que suele ser todos los días en las horas pico), como alternativa, unos metros más allá, sobre la misma acera está el restaurante el Respiro. Pero decir que yo frecuente algún local, en el sentido de sentarme siempre ante la misma mesa, sacar mi cuaderno de apuntes o mi portátil y ponerme a escribir, nó, en lo absoluto.

Pare empezar, en el barrio donde vivo actualmente en Madrid no hay ninguna cafetería o cervecería que me agrade lo más mínimo. En la mayoría es imposible practicar el arte de la conversación con quien tienes frente a ti, sin tener que estar escuchando lo que se dicen los que están cuatro mesas más allá.

La Cafetería Elisabeth que me queda al doblar la esquina y que, a falta de local mejor, podría haberme servido, me resulta insoportable. Salvo en viajes del IMSERSO nunca había visto tal agrupación de ancianos. Sin embargo ese no es el inconveniente, sino que esta cafetería parece un lugar de convenciones para la sección de damas y caballeros fumadores compulsivos de algún geriátrico.

A unos pocos tiros de piedra (dos estaciones del Metro), en toda la esquina de la Av. de América con Francisco Silvela está el restaurante y cervecería Hontanares, que atrás, al final de su larguísima barra, tiene un amplio espacio de mesas y el salón de fumadores. Este sitio me agrada, a pesar de que es un local mixto, en el que la zona de fumadores y la de no fumadores en la barra están separadas por una barrera solo mental.

Por el centro de Madrid, a unos veinte minutos, en la calle de las infantas 19 (donde se encuentra la sidrería el Tigre, precisamente), hay un local de nombre Isolée, que se define como fashion-food&lifestyle. Por una lado es una cómoda cafetería decorada en blanco y con conexión Wi-Fi. Por otro, es uno de esos peculiares lugares donde, entre sorbo y sorbo de tu bebida favorita, puedes comprar unos zapatos, libros o artículos de moda, regalos y belleza.

Si por otras zonas más alejadas de Madrid hay alguna escondida cafetería de ambiente grato y gente despreocupada, en donde pudiera decidir hacer mi refugio en alguna mesa de esquina, existe un impedimento insalvable: todas están llenas de humo de cigarrillos. Y como el cartelito suele decir que se permiten fumadores, lo tomas o lo dejas. Yo lo dejo.

Sinceramente, entre las muchas cosas capaces de cambiarme el ánimo de raíz, volverme desagradable y hasta grosero, estropearme la inspiración… y el estómago, está el verme obligado a fumarme los cigarrillos ajenos. Ni modo, por los momentos no hay ningún bar, cervecería o cafetería madrileña en donde, algún día, puedan decir de mi: «sí, el venía por aquí casi todos los días, se sentaba en aquella mesa y escribía mientras se tomaba un par de cafés, un vermú o una cerveza sin alcohol y unas tapas».

Quizás, solo quizás, a partir del mes de Enero del próximo año, que entre en vigor la prohibición de fumar en todos esos lugares públicos, pueda yo encontrar mi rincón del escritor. Lo que son las cosas, en Oviedo y Gijón, incluso en la villa de Mieres, conozco algunas cuantas encantadoras cafeterías. Se aceptan sugerencias en Madrid.

Nota: Quise tomar una foto del interior del Isolée y del Hontanares, para usar de portada en este artículo: en ambos me negaron el permiso, alegando políticas de la empresa en uno, motivos de seguridad en el otro (?). En consecuencia… decidí poner la fotografía del Gran Café de Gijón, sacada de 11870.com

On this day..

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