Mucho más que un gato-4

Ojos de gato Última parte

Esta es la última parte de una narrativa dividida en cuatro. Si no has leído las anteriores, y a menos que te guste comenzar un libro por el último capítulo y enterarte que el asesino es el mayordomo, te recomiendo sinceramente hacer una de estas dos cosas:

– ir a la primera parte y leerla por cómodos capítulos,

– bajar al final de este capítulo y descargarte el cuento completo, en un fichero PDF para que te lo leas luego al ritmo que quieras.


Ir a la primera parte
Ir a la primera parte

El mínimo Mucho más que un gato

La separación

La noche del viernes 3 de junio del 2005 estuviste con nosotros en el dormitorio. Fue uno de tus momentos de hiperactividad, en que correteaste de un lado para otro haciendo ruidos y travesuras. No nos dejabas dormir, por lo que mami decidió abrirte la puerta y tú saliste de buen grado.

No supe cuanto tiempo habría pasado cuando escuché tu inconfundible y agradable maullido llamando desde el pasillo. Miré el reloj de pared, era la una de la madrugada del sábado.  Abrí la puerta y tú entraste rápidamente, yendo directo a la alfombra, ronroneando. Alcancé a ver que llevabas algo en la boca. Mami que se había despertado me preguntó qué era aquello. A la tenue luz de la lamparita piloto conectada a uno de los tomacorrientes, me pareció que se trataba de un espinazo de pollo, pero sentí un fuerte y desagradable olor a pescado. Por un momento pensé que lo podías haber sacado del cubo de basura de la cocina, pero me di cuenta de que nunca habías hecho eso. Además, ni el cubo estaba asequible a ti, ni lo dejábamos con basura de noche. Por otra parte, tampoco se había cocinado pescado ese día. Fue cuando me inquieté.

Una alarma se disparó en mi cabeza y mi mente amodorrada por el sueño se aclaró. Te observamos y, en un principio, pensamos que podía haber sido una espina, pero cuando hiciste un esfuerzo y vomitaste me di cuenta de la tragedia. ¡Lo que comiste estaba envenenado! Los temibles síntomas se manifestaron de inmediato. Yo los conocía muy bien. Muchos años antes habíamos perdido un pequeño Poodle por esa misma causa. Se trataba de un veneno para ratones, de efecto rápido y devastador. Solían presentarlo con diversos nombres para tratar de evadir la prohibición de su venta. Popularmente era conocido como el «tres pasitos» porque, según se decía, eso era todo lo que alcanzaba a recorrer un ratón después de haberlo ingerido. Tú te desesperaste tratando de sacarte del estómago lo que te quemaba. Nosotros nos desesperamos sabiendo lo que ocurría.

Mami se puso como loca. Corrió al teléfono y trató de comunicar con alguna clínica veterinaria a donde llevarte, pero fue inútil. A la una de la mañana de un sábado no respondió ninguno de los dos o tres teléfonos móviles de los veterinarios que anunciaban atender emergencias las 24 horas. Por fin logró dar con un amigo, en Caracas, a 350 kilómetros de distancia. Él nos dijo lo que había que hacer, pero de nada nos sirvió saberlo.Nuestro mundo terminó de venirse abajo de un golpe. Los preciados primeros minutos habían volado. A esas alturas, probablemente de nada hubiera servido suministrarte dosis masivas de agua oxigenada, ni de ninguna otra sustancia para inducir el vomito. Tampoco te habría ayudado cosa alguna que nosotros te pudiéramos haber dado, porque la inyección de atropina que era vital no la teníamos. Tampoco la habríamos conseguido en ninguna farmacia de turno, pues era un producto exclusivamente para veterinarios. Quedamos consternados, viendo impotentes como te retorcías, consumiéndote por dentro, echando espuma por la boca. Pero nada podíamos hacer. Tu vida no estaba en nuestras manos.

Tú llorabas de dolor. Yo nunca había oído llorar a un gato y eso me desgarró. Me mirabas desconcertado, suplicante, sin comprender lo que te sucedía, ni por qué razón yo no podía ayudarte. Eso me produjo una pena aún más terrible. Tú corriste debajo de la cama, maullando de una forma que yo no conocía, arañando el fondo con desesperación, intentando mitigar tu dolor de alguna forma. Pero fue inútil.

Yo no lograba alcanzarte allí abajo y te llamé por tu nombre. Tú callaste un momento y me miraste. Con un gran esfuerzo saliste arrastrándote hacia mí, tus patas traseras no te respondían. Quedaste en el suelo, inmóvil, tendido cuan largo eras. Estabas mojado por los espumarajos malolientes que soltabas por la boca, sufriendo visiblemente mientras tu sistema nervioso y respiratorio colapsaban. Mami y yo estábamos a tu lado, hablándote, acariciándote, pero totalmente impotentes. Ella te arropó con tu toalla de baño y te cargó. Tú ya no reconocías nuestras voces. Tus ojos tampoco parecían vernos. Unos momentos más tarde morías en sus brazos. Tus padecimientos habían terminado. Nuestras lágrimas terminaron de empapar tu cabeza mojada.

Al mes siguiente hubieras cumplido tres años, pero todos ellos se fueron en unos brevísimos momentos. Diez o doce minutos fue todo el tiempo que el aborrecible veneno necesitó para acabar con tu hermosa vida. Tu horrenda agonía había concluido, pero la nuestra continuaba y el dolor aún no alcanzaba el clímax.

A la pena que yo ya arrastraba desde hacía tres meses por haber perdido prematuramente a La Chica, nuestra perra mayor, se unió la tuya. No recuerdo haber tenido nunca antes un sentimiento de dolor tan desgarrador, una aflicción tan profunda como la que experimenté en los terribles y angustiosos momentos de tu cruel agonía. Y pido a Dios no volver a pasar por algo igual jamás. A la tremenda impotencia que sentí por no haber podido hacer nada por ti, se unió la devastadora rabia de ver que tampoco encontraría ayuda para salvarte. ¡Renegué de todo, en aquel momento!

Por si aquel tormento no hubiera sido poco por sí mismo, el saber que el envenenamiento no fue accidental me consumió por dentro como si me corriera lava. No se trató de ningún cebo puesto en algún sitio, expresamente para matar ratas, y que tú encontraste por casualidad. No, mi adorado gatito, no fue un accidente. Se trató de un pedazo de pescado colocado intencionalmente en algún techo, abundantemente rociado del condenable veneno, por quien sabía que esa combinación producía un olor especialmente atractivo para los gatos. Y tú fuiste quien cayó esa noche debido a tu particular gusto por el pescado.

Mis lágrimas duraron semanas y llegaron al río, pero terminaron por cesar. Sin embargo, la rabia que llevo por dentro aún no me abandona.

No volveré a escuchar tus escasos y agradables maullidos infantiles, como no sea en sueños. Mi corazón no latirá saltarín al verte venir hacia mí. Tú no te revolcarás en el piso pidiendo mis caricias, ni yo me contemplaré en tus cálidos ojos de oro.

Tú ya no provocarás a mami con tus adorables travesuras, deshaciendo los montoncitos de hojas que ella vaya barriendo en las mañanas. Ya no acudirás más para ayudarnos a escarbar la tierra y sembrar alguna planta, o llegarás corriendo a ver que fue lo que nosotros enterramos sin avisarte. No corretearás saltarinamente a mi lado ni jugaremos los dos. No nos pondremos a contar si son once o doce las variedades de pájaros que llegan a nuestro jardín. No compartirás más nuestra cama.

Los sonidos del microondas perdieron el encantador significado que tenían antes, cuando te llamaban, como campanadas en pueblo anunciando boda o a bautizo. El dulce gozo de reservarte trozitos de pescado, pollo o carne, se trocaron en amarga y silenciosa tristeza, y la mesa se siente sola sin ti. Toda la casa extraña tu grata, silenciosa y querida presencia.

Tú y yo no compartiremos el agua fresca. No saltarás al lavamanos o al fregadero para que yo, dejando el chorro correr y haciendo cuenco con la mano, te facilite beber mientras apoyas una pata en mi muñeca. No lamerás luego mi mano para secármela. Tampoco beberás de mi vaso al menor descuido mío, encogiendo las orejitas para meter la cabeza.

Las mascotas que he tenido a lo largo de mi vida han sido unos apreciados miembros más de mi familia. Ellas han producido grandes impresiones en mí, pero ninguna lo ha logrado tan profundamente como tú. Con tu pérdida yo vivo ahora en una extraña y contradictoria dualidad. En mi corazón hay un enorme y desolador vacío y, sin embargo, mis recuerdos están llenos de ti. Tú ya no estás físicamente acompañando mi sueño, pero llevo tu agraciada imagen impresa en la camisa de mis pijamas.

Siempre lloraré tu desaparición y deploraré las trágicas circunstancias en que se produjo. Sin embargo ya no quiero saber quien fue el causante. En el vecindario alguien sonreirá y nos engañará a todos pasando por gentil persona, evadiendo con falsas sonrisas la justicia humana. Pero estoy seguro que, en su momento, responderá ante Dios por su infame y alevoso crimen. A Él no podrá mentirle. Por mi parte, yo habré de responder por mi rencor de ahora.

Aún hoy los ojos se me humedecen al recordar aquellos desesperantes momentos de tu terrible agonía, y tengo que hacer grandes esfuerzos para que el dolor no aflore en toda su magnitud.

En los días que siguieron, los más allegados comprendieron y compartieron nuestra aflicción. Otros, por el contrario, se extrañaron de mi prolongada reacción de dolor, incapaces de entender. Dijeron que solo se trataba de un gato y nada más.

¿Solamente un gato? ¡No, en absoluto! Tú fuiste mucho más que un gato para nosotros. Cuando yo te decía «mi gato» no había sentido alguno de posesión, ni intención de pertenencia. Tú fuiste un valioso miembro de la familia, fuiste un ser inmensamente agradecido, que compartió y dio alegría a nuestras vidas. Tú nos trajiste dicha sin igual. Tú nos hiciste conocer y apreciar las múltiples facetas y posibilidades de la naturaleza animal, la interacción de especies y la confianza absoluta en la relación humana. Tú me hiciste ver las maravillas de tu espíritu libre, manteniendo conmigo una relación de dependencia gustosa, pero sin sentido de posesión. Nos teníamos el uno al otro, gustosa e incondicionalmente, pero ambos éramos libres. ¿Cómo explicar eso y todo lo demás que implicó nuestra relación, a quien jamás lo ha experimentado, a quien nunca ha amado un perro, un gato o animal alguno?

Yo no sé si existe un más allá para los animales. En algunas viejas culturas se afirma que, en la pluralidad de existencias del ser, las almas de los animales tienen la posibilidad de evolucionar hacia estadios superiores de conciencia y, eventualmente, alcanzar a ser humanas. Si así fuere, en esta corta pero fructífera vida de apenas tres años, nuestra relación debe haberte asegurado un gran paso hacia ese elevado estado. Y si no fuera así, si los animales siempre habrán de seguir siéndolo, yo espero volver a encontrarte en otra de tus múltiples vidas felinas.

Algún día, en el lugar menos esperado quizás, me encontraré con un desaliñado y ruin gatito desamparado, no importa de qué color. Será tan mínimo que casi lo confundiré con un pequeño hámster. Él me mirará. Yo lo miraré, perdiéndome en la belleza interior de sus grandes ojos. Él me reconocerá y maullará. Yo lo sabré entonces. ¡Mi gatito feo habrá aparecido! Te habré encontrado de nuevo, querido y fiel amigo. Tú me habrás encontrado otra vez. Y mi corazón cantará dando gracias al Cielo, porque tú eres más, mucho más que un gato.

El mínimoMientras tanto,
descansa en paz, querido y fiel amigo mío.
Nota de autor: Inicialmente intenté escribir un pequeño poema, pero todo tiene su época y yo hace mucho que abandoné la lírica. Tampoco podría haber dicho todo lo que quería. Además, en este caso, pérdida, muerte y dolor no me rimaban con vida, alegría y amistad, ni aún en verso libre. Sin embargo, en mejores momentos y mejor vena, otros han escrito sobre la mágica y particular naturaleza del gato. A quien se interese en ellos, recomiendo la lectura de los siguientes poemas:

Oda al gato. De Pablo Neruda

Poema 17, The cat walk. De Sergio Rigazio a Leo Larini.

Y también esta página web que recopila poesía y prosa gatuna: Poesía gatuna

Artículos relacionados: El gran ausente.

Descargar PDFLa obra completa.

On this day..

Esta entrada fue publicada en Literatura y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

89 respuestas a Mucho más que un gato-4

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *