Por el amor de un perro supera la anorexia (III)

anorexia
ADVERTENCIA: Esta es la tercera parte de una narrativa basada en un hecho real y actual. Por motivos prácticos la he dividido en cinco fragmentos. Si no has leído el primero te recomiendo hacerlo, a menos que te guste comenzar un libro por cualquier página en que se abra.

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Amargo recibimiento

espejoCuando llegó a su casa, lo primero que su madre le gritó era que allí no quería animales mugrientos, llenos de pulgas y garrapatas. Mar estaba acostumbrada a no prestarle la menor atención, así que subió a su habitación dejándola despotricando. Pero su madre la siguió muy enojada. Dijo que si no sacaba aquel animal, la pondría de patitas en la calle, con todo y maletas. Después del altercado ella lloró con amargura, pero no estaba dispuesta a deshacerse de la perrita por nada. Acudió a su cómplice, el espejo, que no la ayudó. Por el contrario, se limitó a mostrarle esas cosas horrendas que ella ya conocía de sí, y a decirle otras nuevas que nunca hubiera querido escuchar. Los espejos nunca nos dejan ver lo que realmente somos, pero el de ella era un mentiroso compulsivo.

Quien sabe lo que hubiera resultado de aquello si una húmeda lengua no hubiera acariciado su pierna, regresándola al mundo de la realidad. Agarró a su perrita que no se cansaba de lamerla. Le pareció que el animalito le decía que, a diferencia del espejo, a sus ojos ella era la persona más hermosa de la tierra, y la más amorosa. Mar se dio cuenta que las dos necesitaban un buen baño.

La perrita jugó y chapoteó, disfrutando su primer experiencia con el agua tibia, y el baño que recibió. Debió sentirse tan aliviada como ella. Después de secada y cepillada apareció lo que realmente era, una primorosa cachorrita de color blanco. La acicaló a conciencia y jugaron un rato. Luego se fueron a la cama y Mar le comentó sus dudas, sus problemas, sus anhelos y su necesidad de ser delgada. Volcó en ella todas las inquietudes que nunca había encontrado oportunidad de decirle a nadie. Su perrita, a la que llamó «Mía», la miraba con sus ojos negros y atentos, o jugueteaba mordisqueándole las manos. Ella se convirtió en su confidente absoluta. Se quedaron dormidas juntas, y esa noche Mar logró descansar como hacía mucho que no podía. Desde la pared, el espejo las miraba con algo de celos.

Cerrando la puerta a sus espaldas

Al día siguiente, estando segura de que dejando sola a la perra con su neurótica madre algo malo sucedería, se la llevó al trabajo. Mar se sentía feliz, y ese día y los siguientes logró incrementar la venta de teléfonos, lo que redundó en mejores beneficios económicos para ella. Se lo atribuyó a la suerte que Mía le traía.

Así transcurrió un mes, entre el trabajo, su sesión frente al espejo y la necesidad de ser perfecta físicamente; los constantes gritos de enojo de su madre y el cero a la izquierda de su padrastro. Hasta que no pudo más. Un día, tan malo como otro cualquiera, decidió irse con su perra a otra parte. Cerró la puerta tras de sí, para no volver jamás.

Una nueva vida

Cuando se instaló, Mar y Mía sintieron lo que era paz y tranquilidad por primera vez. Ella brincaba de alegría por tener su propio espacio, sin gritos, sin reclamos ni recriminaciones. Mía husmeaba por todos lados, inspeccionando, fijando todos los olores del nuevo entorno. Las dos comenzaron una nueva etapa de mayor tranquilidad. Mar siguió con su trabajo, y peleando por alcanzar su ideal de perfección.

La empresa para la que Mar trabajaba le exigía tener un peso máximo de 55 kilos. Aunque ella había llegado a tener tan solo 45, había ganado peso, hasta llegar a los 52 kilos, dos por encima del tope que ella misma se había trazado como máximo aceptable. Por eso, como otras tantas veces había hecho, comenzó un ayuno total. Sabía que la manera más rápida de bajar de peso era, sencillamente, no comer. Pero no contó con que un simple mosquito podría arruinar su reciente felicidad, y poner en peligro su vida.

Ladridos desesperados

En la zona de México donde ella vivía había proliferado el dengue hemorrágico, y Mar contrajo la enfermedad. No le prestó atención a las cefaleas, pues eran normales en su vida. Ni atendió al dolor de ojos y los musculares, ni a la fiebre. Cuando aparecieron las pequeñas hemorragias nasales tampoco les dio importancia. Luego llegaron los primeros vómitos, de los que menos se preocupó, ya que ella vomitaba con frecuencia. Para cuando notó que no tenía nada que sacar del estómago, debido al ayuno que seguía, y que los vómitos eran pura sangre, ya era muy tarde. Se dio cuenta de lo que ocurría y se asustó. Estaba sola en casa, demasiado débil y mareada para poder salir a pedir ayuda. Pero se equivocó; no estaba sola. Alguien la observa constantemente, con gran atención, y se dio cuenta de que algo malo ocurría.

Los vecinos vieron a la perrita salir corriendo y ladrando a todo pulmón, en forma desesperada e insistente. Ellos le habían tomado cariño por su dulzura, y sabían que era un animal muy tranquilo y callado, que solo ladraba cuando estaba asustado. Supusieron que algo sucedía. Por si les quedaba alguna duda, Mía agarró a una por el ruedo de la falda, tirando de ella hacia la casa con fuerza e insistencia. Fue así que se decidieron a llamar varias veces a Mar, y al no obtener respuesta lograron entrar. La encontraron desmayada y llena de sangre.


Nota: Esta narración, basada en un hecho real, continuará, pues se ha dividido en 5 fragmentos para su publicación en la web.

Imagen: Dibujo de Adrián Palmas.

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4 respuestas a Por el amor de un perro supera la anorexia (III)

  1. Ari dijo:

    Siguiendo la Historia!!

  2. Pingback: El guardián del faro

  3. Marlu dijo:

    Sin comentarios. Cuando estén los cinco fragmentos me los pasaré a word y me los leeré de un tirón. Consigues que estemos dentro de Mar y de Mía.
    Un abrazo.

  4. guardafaro dijo:

    No te preocupes, Marlu, porque, al final, facilitaré descargarse en formato PDF la historia completa.

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