Por tradición bastante generalizada, la última noche del año es propicia para la realización de toda clase de ceremonias y rituales, desde los más sencillos hasta los más complicados. El propósito de cada uno puede ser muy específico, pero todos tienen en común el buscar procurarse un año nuevo lleno de felicidad, dicha y prosperidad.
La única hora que no tiene minutos ni segundos es la media noche, puesto que, tan pronto suenan las 24:00:00 marcando el fin de un día, se inician las 00:00:01 horas, anunciando el comienzo del siguiente. Por eso se le atribuyen tantas propiedades especiales a esa hora misteriosa y mágica.
Es por ello que, al sonar el primer tañido conjurador que inicia las doce campanadas, anunciando la muerte de un año y el nacimiento de otro nuevo, dan comienzo los rituales entre quienes prefieren comer las doce uvas al sonido de cada una, al mismo tiempo que piden un deseo por cada mes del año que está por comenzar; o los que se sientan y levantan de la silla con cada uno de los campanazos, para llegar a contraer matrimonio en el próximo año. Luego vienen los abrazos, las felicitaciones y los brindis que resumen y sellan todos los buenos deseos.




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Un reflejo de mis ojos
Cuando las mujeres de la casa dicen que no tienen ganas de pasar un 24 de diciembre ajetreadas, preparando comidas para luego, después de la cena familiar, tener que ponerse a recoger cacharros, no hay otra solución que comer afuera.
Tal día como hoy, hace exactamente un año, publicaba yo la anotación titulada
Vaya encarguito que me ha dado María, y que ella recibió de Manuel. Nada menos que decir cinco cosas que la gente, probablemente, no sepa sobre mi. ¿Qué sería de un pisciano si no tuviera secretos que guardar solamente para sí? Yo creo que perdería mi estabilidad emocional. Porque el asunto es que:
Hace días me había propuesto, como prueba, escribir anotaciones intrascendentes, simples, breves y controversiales. Son mucho más fáciles y no hay que esforzarse demasiado. Porque parecieran ser las que más reditúan en los blogs. Pero no he podido. Va en contra de mi naturaleza. Y mucho menos cuando, en una simple carta en un periódico, me encuentro algo tan hermoso como esto.








