
1- Hazte con el poder presidencial. Si no lo logras mediante un golpe militar, hazlo por la vía de la elecciones. Como los pobres son la inmensa mayoría, dirígete a ellos; son los que más anhelan cambios y aceptan cuentos dulces donde ellos sean los gloriosos protagonistas. Promételes aquello que quieren escuchar; si no sabes qué, yo puedo hacerte una lista. No te importe mentir; convéncete de que la mentira es necesaria, y que los otros también son unos mentiros. Además, los fines justifican los medios.
2- Asegúrate el apoyo del ejército, aunque tengas que pagarles montones de dinero a los jefes y comandantes. Pero como no se puede confiar por mucho tiempo en los militares, porque nunca se saben cuando pueden voltearse, crea un ejército propio, con mercenarios y con los montones de exaltados que habrás conseguido con tus promesas y dinero.




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Un reflejo de mis ojos
Desde que lo leí en la página 46 del diario La Nueva España del día 15, el asombro no me abandona.
Se está tratando una reforma del Código Penal español, para endurecer las penas en materia de seguridad vial. En palabras de Jordi Jané, presidente de la Comisión de Seguridad Vial del Congreso, se trata de una reforma necesaria y útil, para facilitar el proceso judicial posterior a los accidentes, porque se hace imprescindible concretar cuándo hay delito y cuándo no lo hay.


¿Qué cosas ves tú cuando vas a paso raudo por los pasillos del Metro, con la mirada perdida? ¿Vas pendiente de seguir el flechado para el tren correcto, y de no tropezar con los otros? ¿Acaso, de tanto en tanto, ves sólo alguna figura borrosa, arrimada a alguna pared, como esa de la foto? ¿Una figura casi sin formas, sin nombre, sin historia, tocando algo que no te interesa? ¿O te parece escuchar una linda melodía muy bien ejecutada, pero no tienes tiempo para detenerte a escucharla?
El 9% de la población de España tiene algún tipo de discapacidad, conformando unos 3,5 millones de personas con necesidades especiales. Algunas de esas discapacidades son congénitas; otras son consecuencia de alguna enfermedad o accidente, que cambió repentinamente sus vidas y la de sus familias. A partir de allí, el día a día consiste en una vida de restricciones, encerrados en el hogar, conformándose con ver como los demás practican las actividades al aire libre y los deportes que a ellos les están vedados para siempre.
Hace muchos años que no voy a Barcelona, pero ya entonces había estaciones del Metro que parecían centros comerciales. Se podía hacer casi de todo, desde compras muy diversas y comer de tasca o restaurante, hasta operaciones bancarias, pues en ninguna estación faltaba un cajero automático o una sucursal de la omnipresente “Caisha”. No era necesario tener que salir a la superficie, cosa que se agradecía en pleno invierno, o si llovía a cántaros. En el Madrid de hoy, la mayoría de las estaciones de Metro son más limitadas en ese sentido, y con las remodelaciones actuales parece que van quitando las pocas tiendas existentes.








