Hay personas que, sin dudarlo ni un instante, darían a vida por salvar la de otras, e incluso la de una sola.
También hay aquellos para quienes su vida está por encima de la cualquiera, sea uno o muchos. No les importaría el sacrificio de miles para sobrevivir ellos.
¡Ah, ese eterno pulso entre el Eros y el Tánatos! En su teoría psicoanalítica, Sigmund Freud nos desarrolla la idea de una lucha ineludible, un pulso continuo entre esas dos fuerzas instintivas, aparentemente propias de la dualidad de la naturaleza humana, que son el espíritu de vida y el de muerte. Entiendo que no siempre es fácil que uno prevea en qué forma reaccionará llegado el momento de dejar salir el instinto de supervivencia o, por el contrario, el de autosacrificio.
¿Tú que crees? ¿Cuál es el espíritu que te impulsa? ¿Has pensado si te sacrificarías por otro o si, más bien, exigirías que se sacrificaran por ti? ¿Hasta dónde es lo más lejos que llegarías por salvar a otra persona de una muerte inminente y cierta?








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No deja de ser una realidad que del árbol caído muchos sacarán leña. Y de las tragedias de muchos, otros muchos obtendrán ganancias. Como las ganancias que está obteniendo la banca, al menos la de España, con las comisiones que cobra por las transferencias a las cuentas destinadas a recibir las ayudas económicas de carácter humanitaria que las personas realizan para Haití.
Recuerdo con placer haber navegado un par de veces por el Pasage de los vientos (Windward Passage). La primera fue una maravillosa noche de un mes veraniego de 1970. No había brisa, el cielo estaba completamente estrellado y la luna lucía radiante a poca altura sobre el horizonte. Regresábamos de Nueva Orleans rumbo a Maracaibo en un buque carguero. Cerca ya de Pointe Fanchon se presentó a mi vista una basta extensión de agua llena de luces de navidad. Eran una incontable cantidad de botes que pescaban en la noche y que nos obligaron casi a zigzaguear entre ellos. Fue una grata imagen que se quedó en mis retinas.








