Cosas de metabolismos corporales, vinos y la vieja Escuela Náutica de Venezuela.

Hoy domingo, luego de salir del gimnasio DreamFit en el mercado de Las Ventas en Madrid, bajé al primer piso. Los puestos de ventas están cerrados, excepto el de pollos a la brasa y una licorería que vende vinos y que, los fines de semana, pone paella de aperitivo.

Esta vez, en lugar de un Albariño disfruté de un Verdejo. En mi opinión, en España no hay como los gallegos para hacer vinos blancos, así como los portugueses con su viño verde. Y eso porque no me he encontrado con uno de los mejores de Canarias, reconocido a nivel internacional y muy apreciado en Inglaterra, como lo es el Malvasía Seco Colección 2018, de las Bodegas El Grifo, las más antiguas de Lanzarote. (*) Como que voy a tener que pedirle a mi colega y hermanazo Luís Reyes que me envíe aunque sea media botella.

Pues bien, el caso fue que, después de ese Verdejo, salí a las 13:00 y ni me enteré de los 40 y más grados al sol. Exteriormente, yo podía pasar la prueba de caminar sobre una línea recta durante un kilómetro o sobre un muro a dos metros de altura. Incluso levantar una pierna y hacer equilibrio durante toda la tarde. Eso, sí, internamente era consciente de la rotación de la tierra y de su traslación vertiginosa alrededor del sol.

Si bien físicamente soy vagotónico. No sean incultos y mal pensados. Eso quiere decir que en mi constitución física predominan las fibras de movimientos lentos sobre las de movimientos rápidos. En otras palabras: que soy corredor de fondo y no de velocidad. Pero también tengo un metabolismo rápido. Es el motivo por el que el alcohol me afecta más pronto que a otros. Pero también tengo la ventaja de que lo proceso con mayor rapidez, por lo que mis «resacas» son mucho más cortas. Las resacas y otras cosas, como la anestesia.

Recuerdo allá cuando tenía nueve años. Me iban a intervenir quirúrgicamente en el hospital de la Universidad Central de Venezuela. Era anestesia total mediante mascarilla. Según me contaron después, porque el hecho corrió como anécdota jocosa por todo el hospital, cuando ya creían que yo estaba dormido e iban a comenzar a cortar dije: ¿Quieren dejar de hablar tanta güevonada y esperar a que me duerma?

En el retorno de una Semanasanta, allá por el lejano 1969, cerca de la media noche fui ingresado en el hospital del CAN (Centro de Adiestramiento Naval) en La Guaira, Venezuela, por ser cadete de la Escuela Náutica. Fui intervenido de urgencia por una apendicectomía, casi a punto de peritonitis. A la mañana siguiente pasaron unas mujeres, de esas que confortan a los enfermos, de las que muy poco recuerdo me quedó, sumido aún en los efectos de la anestesia. Luego fue un médico que me mostró un frasco de cristal, que me pareció de mayonesa, con algo adentro de color rosa y tan gordo como un salchichón, y me dijo que fue lo que me extirparon.

Hacia media mañana fue una enfermera que me dijo que, para la tarde, si me sentía mejor podía intentar levantarme con cuidado y dar algunos pasos, con cuidado de los puntos. Le dije que ya me había levantado esa mañana y me había dado una ducha. La mujer no se lo creía. Lo comentó con un médico que entró y él dijo: Este muchacho tiene un metabolismo bastante peculiar.

En fin: que esa capacidad para tardar en agarrar la anestesia y soltarla rápido, me ha causado más de un problema a la hora de intervenciones quirúrgicas menores con anestesia local. Y es también la causante de que el alcohol me afecte rápido y se me pase igual de rápido. Yo conozco mi límite ya nadie me hace salir de él.

Mi padre llegó a ofrecer quinientos bolívares, cuando allá por 1970 eso era bastante dinero en Venezuela (unos 111 US$), si alguien lograba que yo me emborrachase. No lo lograron ni siquiera cuando me gradué en la Escuela Náutica y con honores, como primero de mi promoción de cubierta.

Si tienen curiosidad por saber sin o me he embriagado nunca diré que sí. Tenía ocho o nueve años y fue en una fiesta familiar. Uno que te ofrece probar de su ron, otra de su ponche, aquel de su anís y ya está liada, porque se necesita muy poco para embriagar a un niño y menos a mí. Bailé con todas las mujeres y canté, (según me contaron, porque yo cantaba. En el coro del colegio donde estuve interno comencé como segunda voz y pasé a primera). Pues bien, esa fue la primera vez y la última. La experiencia no me gustó.

Cuando estaba de cadete de primer año en la Escuela Náutica de Venezuela (1968-1971), que nos íbamos conociendo, recuerdo una vez en que íbamos a salir de permiso de fin de semana. Algunos planificaban ir al bar de La Higiénica (ahora no sé que tendría de higiénico el lugar), allí frente a la Escuela en Catia La Mar. Yo dije que no bebía y el ilustre Davinio Barasarte, y creo que también Miguel «Mike» Castillo dijeron que ellos no salían con quien no bebía. Yo respondí que tenía dieciocho años sin ellos y que bien podía seguir el resto de mi vida igual. Al final, entendiendo que no podían manipularme, todos mis compañeros terminaron por acepta que ellos estuviesen bebiendo licor y yo un refresco 7UP. Es que la primera cerveza la paso, si está fría y, sobre todo, si es con limón y me sabe a algo. Porque a la segunda ya engrifo la cara y la tercera ni la tomo porque me sabe a meados. Mi colega Luís Reyes se toma cuatro whiskies on de rock (como Cary Grant) y sigue tan campante, mientras yo aún estoy con la primera cerveza.

Allí en la Escuela Náutica comprobé lo de «crea fama y acuéstate a dormir». Que, traducido en otras palabras fue: Crea un buen concepto y queda tranquilo. Todos los oficiales llegaron a saber que yo no bebía ni fumaba. Incluso el estricto «perro» Rojas lo sabía. Cuando él se asomaba a unos baños y olía humo de cigarrillo ordenaba pasar una «nota disciplinaria» a todos. Cuando veía que estaba yo me excluía. A Díaz Jesús no, decía él.

Una noche de domingo en que regresábamos en el autobús de la escuela, Rojas puso a todos en fila y les pidió que soplaran. Él iba identificando y decía al cadete de guardia: Cerveza, pásele una nota. Soplaba otro y él decía: Ron, pásele una nota. Cuando llegué yo y le soplé en las narices, él sonrió (y mira que era difícil verle una sonrisa), y dijo: leche Silsa, siga.

Esas son las cosas de momentos que se atesoran en el recuerdo. Porque, como decíamos allí: Se sufre pero se goza.

(*) Ese vino se dice que tiene un color amarillo pálido con irisaciones de tonos verdosos. Es muy limpio y brillante con aromas florales como el azahar y el jazmín, que evolucionan hacia notas frutales como el albaricoque. En boca tiene volumen y es complejo y fresco. Lo utilizo en mi novela de «Toda una vida sin ti», aunque aún no he tenido el placer de probarlo.
https://elgrifo.com/el-malvasia-seco-coleccion-obtiene-medalla-de-oro-en-los-premios-baco-2020/

 

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