Mucho más que un gato-1

Más que un gato

Algo sobre el presente.

Muchas personas pasan su vida pensando que el presente es hoy, el pasado es lo que recoge la historia sobre los años anteriores, y el futuro llegará mañana, el mes que viene o el año entrante. Así, pierden su tiempo sin darse cuenta que, el preciado presente, no es más que un esquivo instante, que hace equilibrio entre el segundo de tiempo que se fue con la exhalación anterior, que es el pasado, y el próximo segundo que marcará el reloj en el siguiente aliento, que no es otra cosa que el futuro. Entre esos dos efímeros segundos transcurre nuestro momento de vida, pues nunca sabemos si respiraremos nuevamente. Nadie muere en pasado ni en futuro.

Un cuento,              una historia,            una verdad

En memoria de un ser único, agradecido amigo y fiel compañero.

Esta narrativa está basada en una historia real. Escrita cuando transcurría un mes de su trágica desaparición, es mi tributo a un ser (me resulta muy difícil decirle animal) que, a pesar de su pequeño tamaño, llenó enormemente mi vida y la de mi familia con momentos muy gratos, que jamás olvidaremos. Y si pudiera pedir un deseo, solamente uno, sería que la persona causante de su desaparición leyera esto y reflexionara. Debido a motivos prácticos la publicaré en cuatro partes, una semanal, cada sábado, comenzando hoy con la primera.

El MínimoMucho más que un gato Primera parte

El encuentroSerían alrededor de las cinco de la madrugada de un día como tantos otros, cuando llegué a la Capitanía de Puerto, reportándome para la maniobra que había sido llamado. En la recepción, el marinero de guardia me saludó con cara de soñolencia. El chofer de la agencia naviera representante de la nave ya me estaba esperando para trasladarme a los muelles. Caminé hacia la oficina del Oficial de Guardia para retirar la boleta de servicio, y escuché que alguien decía haberle dado una patada a algo, pero no presté atención.Un agudo maullido, que sonó lastimeramente en el silencio de la noche, me detuvo. Volví a escucharlo y reconocí que debía tratarse de un gatito. Mis ojos buscaron por el suelo, siguiendo la fuente del sonido. Hubo un movimiento cerca de una columna. Fue algo blancuzco y de contornos difusos. Me costó reconocerlo, pero allí estaba. Un tanto asombrado miré aquella cosa mínima que se desplazaba dificultosamente por el suelo, emitiendo maullidos amplificados por la acústica del edificio. Relacioné entonces lo de la patada con el animalito, y algo se me encogió dentro del pecho. De la oficina de Recepción y Despacho de Buques salió un funcionario y le pregunté.

― ¿De donde ha salido ese gatito?
― No lo sé, capitán. Hace un rato que lo encontramos al abrir la oficina para firmar un zarpe. Supongo que debe haberse caído del viejo conducto de aire acondicionado. Hace días que había una gata que estaba por parir y suelen meterse por ahí.
― Puedo entender eso. ¿Pero por qué lo patearon?
― Fue para sacarlo debajo del escritorio.
Percibí tal indiferencia en aquellas palabras que se me revolvió el estómago. No dije todo lo que me vino a la mente, pero él notó mi expresión de disgusto y desaprobación. Decidí no involucrarme más y entré en la oficina para recoger mi orden. Cuando salí, la minúscula forma maullaba lastimeramente cerca de los pies del marinero de guardia.

― Como que busca compañía humana. -Comenté.
― Así parece. -Respondió él, sin prestar atención al gato.
Me asaltó el impulso de agarrar el animalito, pero fui atajado por la voz de la cordura. ¿Y qué haría con él en ese momento? ¿Metérmelo en un bolsillo? Además, con tres perras, un gato, tres loros, tres morrocoyos y no sabía cuantos sapos, ya tenía suficientes animales en casa como para agregar uno más a la cuenta. De manera que seguí mi camino sin mirar atrás, por aquello que dicen de que, ojos que no ven corazón que no siente.

Regresé de la maniobra cuando el sol ya había levantado sobre el horizonte. El marinero me dio la mala noticia. Tenía otra maniobra más, esta vez de atraque. Ya los otros cuatro pilotos, que hacían guardia conmigo ese día, estaban también maniobrando. Yo suspiré resignadamente. Se trataba de una de esas mañanas movidas. Me incomodó el hecho de que yo debería salir libre a las ocho, dando por finalizados mis días de guardia, pero me retardaría esta nueva maniobra que podría ocuparme unas tres horas.Entré a la Oficina del Oficial de Guardia, para entregar mi boleta por el servicio realizado y retirar la orden para el próximo. Salía de nuevo, y fue entonces que volví a ver al minúsculo cachorrito moverse por debajo del escritorio del marinero.― ¿Y todavía anda por aquí el bichito ese?

― Sí, no se ha querido ir.
― ¿Y no apareció la madre?
― Yo no he visto a ninguna gata por aquí.Mal asunto aquel. El personal estaba por llegar y me di cuenta de que el animal estaba peligrando allí. En cuanto el tráfico de gente aumentara en la actividad diaria de la Capitanía de Puerto, alguien terminaría pisándolo por descuido y lo lastimaría severamente.

― Voy a llevarlo para el jardín lateral, a ver si la madre lo encuentra, porque aquí se va a morir.
― Sí, creo que será mejor. -Asintió el marinero.
Fue entonces que tú y yo nos conocimos. Fue algo breve e impersonal, al menos eso intenté. Pude observarte mejor. Cabías en una sola mano. Eras del tamaño de una pelota de tenis. Predominaba el color blanco algo sucio, con otro color entre gris y negro.

― ¡Por Dios! Si no debes tener más de 4 semanas de nacido. ¿Qué fue lo que hiciste para salir de la madriguera, bichito? ¿Tan inquieto eres? Pues demasiado temprano empiezas a recorrer mundo.Tenías un ojo bastante hinchado, probablemente producto de la patada que te dieron. Chillaste otra vez con aquel agudo maullido de bebé y me mordisqueaste los dedos. Tenías hambre. Pensé que, siendo tú un macho, mi otro gato no te aceptaría en la casa si yo te llevaba. Aunque, como él estaba castrado, quizás no te sintiera como competencia. Pero ese pensamiento fue acallado de inmediato por la consideración de que no debía enredarme la vida con más animales. Fue la voz de la razón, nuevamente. ¿O fue la del prejuicio?

Te dejé en el suelo del jardín, cerca de la vieja unidad de aire acondicionado central, a la sombra de un frondoso mango. Me pareció el lugar más adecuado para que te encontrara tu madre, pues aquella zona era la predilecta de los varios gatos que por allí había.

Miré al cielo y fruncí los labios. Estaba nublado y podría llover en cualquier momento. Si te mojabas no te salvaría nadie. Pero no seguí pensando en ello, te di la espalda y me fui. No quería saber más del asunto, no quería involucrarme más. Lo último que escuché fueron un par de tus maullidos, que se me enroscaron en el corazón como una zarza, clavándome las espinas. Mi contrariedad y mal humor aumentaron.

Faltaba poco para dar las diez de la mañana cuando regresé a la Capitanía. Estaba cansado pero satisfecho. Tenía dos horas de retraso, pero ya quedaba libre de las guardias. Por un par de semanas podría descansar y olvidarme completamente de buques y de maniobras. Entregué la Boleta de Pilotaje, pasé por varias oficinas saludando al personal y me despedí.

Ya en el estacionamiento, me disponía a entrar al auto cuando me acordé de ti. ¿Te habría encontrado tu madre? Vacilé un instante, luego volví hacia el jardín con la esperanza de que ya no estuvieras. Cuando pasé el portón un gato salió corriendo. Caminé unos pasos y allí estabas tú, inmóvil en el mismo sitio en donde te había dejado. Eras una pequeña forma de contornos irregulares que se mimetizaban con la tierra seca, la grama rala y las hojas caídas. Cualquiera podría confundirte con un pedazo de papel estrujado. Mi primer pensamiento fue que habías muerto. A saber cuantas horas llevarías sin comer.

Entristecido, me agaché junto a ti y te agarré. Te sentí frío. Al contacto de mi mano te moviste un poco. Tu cabeza osciló varias veces hacia los lados y maullaste apagadamente. Te veías muy débil. En ese momento comenzó a llover con gruesas gotas. Si te dejaba allí morirías en muy poco tiempo. Con una mano te sujeté contra mi pecho para darte algo de calor y cubrirte de la lluvia. Suspiré con resignación. Estaba decidido, tendría que llevarte. Ya veríamos que cara pondría mi esposa, pero no podía dejarte abandonado a una suerte cuyo fatal desenlace era tan previsible e inminente.

Te puse sobre la alfombra trasera del auto, envolviéndote con un viejo pañal que yo usaba para limpiar las ventanillas. Un rato después te sentí mover y maullar por entre mis pies. No era conveniente que gastaras tus fuerzas, ni aquel un buen sitio para ti, pues podría lastimarte al presionar el pedal del freno o el embrague. Mientras conducía te agarré como pude y coloqué sobre el asiento, entre mis piernas, sujetando el volante con una mano y acariciándote con la otra. Allí te quedaste tranquilo, hecho un ovillito.

En aquel momento recordé un hecho similar ocurrido muchos años atrás. ¿Nunca te lo conté? ¿Cómo va a ser? ¡Vaya olvido el mío! Pues te cuento.

Por aquel entonces ya teníamos dos hijos. El varón con casi cuatro años, y la hembra que había cumplido los dieciocho meses. Fuimos los cuatro en el auto a buscar la cachorrita que habíamos comprado por teléfono en un criadero. Tanto mi esposa como yo tuvimos animales desde niños, sin embargo, ese sería el primer perro propio que tendríamos en familia, y habíamos tratado el asunto como una decisión importante. Nos había llevado varias semanas de análisis y consideraciones leyendo enciclopedias caninas y reseñas. Finalmente nos decidimos por la raza Boxer. Escogimos una hembra, para aprovechar su instinto maternal y que creciera junto con los niños. Nuestros hijos crecieron demasiado rápidamente para mi gusto, y la cachorrita mucho más rápido aún. De hecho, en un abrir y cerrar de ojos fue más grande que la niña.

Las dos boxer

¿Qué si fue una buena perrita, quieres saber? Solo te diré que, en más de una ocasión, nuestra inquieta hija se durmió en el suelo, abrazada sobre ella, sin que la noble perra osara moverse lo más mínimo para no despertarla. Le pusimos de nombre Barbie, por lo linda que nos pareció, y vivió con nosotros durante casi catorce adorables años.

Aquel día, regresando del criadero, mi esposa colocó a la cachorrita de dos meses sobre su regazo, mientras los niños iban seguros en la parte de atrás. Pero se mostró inquieta, y tanto dio que se bajó y caminó sobre el asiento, viniendo hacia mi lado. Mi esposa volvió a colocarla en su regazo, pero nuevamente la perrita se inquietó. Yo le pedí que la dejara para ver lo que hacía. La perrita caminó hacia mí, subió a mi regazo, dio unas vueltas y se quedó con la cabecita apoyada sobre mi pierna. «Bueno, ya eligió dueño. Siempre sucede igual con los perros y tú» Fue lo único que mi esposa comentó.

Lo primero que ella dijo cuando me vio entrar a la cocina contigo, fue:
― ¿Qué es eso que traes? ¡No me digas que es otro gato!
Yo sonreí por toda respuesta y te dejé en el piso de la despensa.
― Anda, caliéntame un poco de leche, que le voy a remojar la comida de gatos, a ver si estando blanda se la puede comer. Es posible que ese animalito lleve muchas horas sin probar nada.

Pero un ruido peculiar nos hizo asomarnos a la despensa. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando te vimos completamente metido dentro del plato del Rufo. Eran claramente audibles los crujientes sonidos que hacia la comida cuando la mordías con verdadera desesperación. No sé como no te atragantaste.

― Me parece que no será necesario remojarla. -Dijo mi esposa.
― No tenía la menor idea de que esa cosita ya pudiera masticar comida tan dura. -Atiné a comentar- Mejor así. Eso nos facilitará las cosas. En verdad que ese animalito tiene ansia de vivir. Menos mal que encontró la comida del gato y no la de los perros.Te pusimos un platico con leche tibia, que también lamiste con avidez y satisfacción, hasta la saciedad. Cuando terminaste no podías moverte. Parecía que hubieras duplicado tu tamaño en un instante. Eras pura barriga llena.

¿Recuerdas aquel primer baño? Con una toalla humedecida en agua tibia y algo de jabón azul, te di una friega para ver que había debajo de aquella pelusa. Te enjuagué con la misma toalla y te secamos bien. Tú no dejaste de ronronear ni un solo instante. Estaba claro que te sentías a gusto. Y fueron apareciendo los verdaderos colores. Podía decirse que eras blanco, con algunas manchas de varios tonos grises. En aquella cabecita del tamaño de una pelota de pimpón, además de las orejas, destacaba la minúscula nariz de fuerte color rosa. El gris te formaba una especie de peluca que enmarcaba unos grandes ojos amarillos. El rabito, el anca de la pata trasera izquierda y parte de la derecha, eran grises también. El resto era blanco. En definitiva, no parecías nada especial, no estabas dado para ganar concursos de belleza, pensé en aquel momento. Eras un gatito feo y arruinadito. Pero me agradaste. Te lo digo sinceramente, algo en tu aspecto me gustó.

Eras tan mínimo que un viejo cepillo de dientes fue suficiente para acicalarte entre ronroneos y juegos. Y pude examinarte con calma. No tenías pulgas ni otro tipo de parásitos externos. Lo único visible era el ojo que seguía muy hinchado y te lagrimeaba un poco, aunque me pareció que un oído también te molestaba.

Te acomodamos en el vestier de nuestro dormitorio, dejando a tu alcance algo de comida para gatos remojada en leche. Recorté una caja de cartón dándole la altura conveniente para que pudieras salir y entrar. Coloqué en el fondo algunos trapos de cálida textura, así como varios viejos muñecos de peluche sobre los que te dormiste rápidamente. Te hacía falta un buen descanso.

El Mínimo y yo

Mi esposa y yo discutimos el asunto. Bueno, es solo un decir. Nada hubo que discutir realmente. Dadas las circunstancias, decidimos dejarte. Por los momentos, claro estaba. Ya luego veríamos que hacer contigo, quizás te encontraríamos un buen hogar. Por supuesto que en ese momento ninguno sabíamos que te quedarías con nosotros por siempre. O quizás si que lo supimos. Por lo menos yo lo sospechaba.

A primera hora de esa tarde te volví a montar en el auto para llevarte al veterinario. Esta vez estabas más activo. Recorriste hasta el último rincón como un osado explorador. Lo hiciste calladamente. Siempre fuiste un gato muy silencioso. Oírte un maullido era toda una novedad… y para mí un placer.

Durante la corta espera en el consultorio, tú permaneciste pegado a mi camisa, mirando todo con curiosidad e inquietud. Yo te hablaba para que te acostumbraras a mi voz.

Al veterinario también le pareció que no tendrías más de cinco semanas, por lo que te estimamos una fecha de nacimiento. Te examinó concienzudamente en medio de tus constantes protestas, mientras tú me buscabas con la mirada. Estaba muy claro que no querías estar en aquellas manos. Afortunadamente, aparte del ojo inflamado pero sin consecuencias, solamente te encontró un oído infectado y cierta alergia menor. Te inyectó, te vacunó, desparasitó y me indicó un tratamiento para aplicarte durante varios días. Fue un servicio completo. Luego me preguntó cual era tu nombre, para la historia clínica.
Mínimo. -Respondí sin titubear.
― Vaya, es un nombre peculiar, nunca lo había escuchado. Mínimo me parece bien.
― La verdad es que yo no había pensado en ponerle ningún nombre, porque no quisiera encariñarme con el animalito. -Le aclaré- Sin embargo, por no decirle simplemente minino y, además, porque es tan pequeño, creo que le viene bien ese.

Carita de gato

Cuando el veterinario terminó contigo y pude cargarte de nuevo, dejaste de maullar y te pegaste a mí como un geco a una pared. Te agarraste con tus uñitas como si quisieras asegurarte de que ninguna otra persona te arrancaría de allí. Ronroneaste junto a mi cuello y me lamiste con tu pequeña y áspera lengua. Lo que tú no sabías en ese momento, ni yo tampoco, era que no te habías aferrado a mi camisa, sino a mi corazón.

Nota de autor:> Puedes seguir leyendo este relato capítulo a capítulo, en este blog. O puedes descargar la obra completa en un documento de tipo PDF que podrás guardar y leer en cualquier momento.

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