Mucho más que un gato-2

Más que un gato

Segunda Parte
Advertencia

Esta es la segunda parte de una narrativa dividida en cuatro entregas. A menos que ya hayas leído la primera, recomiendo ir al primer capítulo, a no ser que te guste comenzar un libro por cualquier página en que se abra.

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El Mínimo
Mucho más que un gato

Segunda parte
La aceptación

Los primeros quince días con nosotros transcurrieron para ti en el particular y seguro mundo compuesto por el vestidor y el baño. Por ti mismo aprendiste a utilizar eficientemente aquella enorme caja de arena. Rápidamente reconociste la relación entre tus necesidades fisiológicas y el arenero. En aquel mundo cálido y protegido jugabas, hacías ejercicio corriendo tras de las pelotas y disfrutabas mordisqueándome las manos, tratando de treparte por las perneras del pantalón o persiguiéndome los pies cuando andaba descalzo. Allí dormías en tu caja de cartón, perdido entre los muñecos. Eso cuando no preferías dormir metido dentro de uno de mis zapatos, donde entrabas perfectamente, de pequeño que eras. Con el tiempo mantuviste el gusto por dormir sobre ellos, y desamarrarles los cordones también.

¿Recuerdas tu presentación en familia? Primero fue a las perras, una por una. A la Chica, por eso de que era la matriarca. Luego a sus hijas de seis años. Montserrat primero, por ser la dominante, y finalmente la maternal Penélope. Nosotros teníamos días frotándote con la toalla de ellas para hacerlo más fácil, así que aquello no fue nada difícil. Algunos olisqueos por aquí y por allá, mucha curiosidad, un jalón de oreja y unas cuantas lengüeteadas limpiadoras que tú soportaste con cierto recelo.Otra cosa muy diferente había sido un año atrás, cuando trajimos al Rufo. Fue nuestro primer gato, un gran mestizo asiático de color carey, o anaranjado como algunos lo definen. Nos lo regalaron ya con cinco meses de edad. En aquella ocasión fue necesario un mayor protocolo, pues nuestras tres alocadas perras nunca habían socializado con felinos, a menos que perseguirlos se pudiera llamar socializar. Pero poco tuvimos nosotros que hacer, la verdad sea dicha. El propio gato se encargó de todo. Al fin y al cabo, él se había criado entre perros. Ellas tres pronto comprendieron que era un miembro más de la familia y lo aceptaron. Yo nunca antes había tenido gatos, pero me atraían enormemente y ese primero me trajo muchas sorpresas agradables. Logró que mi amor por los felinos se manifestara. Quizás fue eso lo que te salvó a ti.

Pero mira como son las cosas. El Rufo se comportó muy distinto contigo. Fue evidente que no le cayó nada bien tu presencia, que ya llevaba días olisqueando por el dormitorio. Cuando por fin lo dejamos verte debes haberle parecido alguna especie de ratón peludo. Tú lo mirabas con buena dosis de desconfianza, y él como si tú fueras una presa. Cuando se acercó mucho, tu te encrespaste, bufaste y levantaste una de tus patitas delanteras con las uñas al descubierto. ¡Uf, qué gran amenaza fuiste! Rufo te hubiera tragado de un solo bocado. Pero aquella actitud nos dio una buena idea de tu temple. Fueron necesarios un par de suaves, pero firmes regaños por nuestra parte, para que él terminara tolerándote, una vez satisfecha su curiosidad inicial. No obstante, no fue aceptación lo que se produjo, sino simple tolerancia.Con el tiempo, unas veces le resultaste indiferente por más que tú quisiste llamar su atención y jugar con él, y otras te molestó descaradamente sin motivo aparente. Lamentablemente, él nunca fue para ti el hermano mayor que yo hubiera deseado, pero la relación tampoco puede decirse que fue mala. Mejor suerte tuviste con las perras, que se convirtieron en tus nodrizas. Con frecuencia desplazabas a una de ellas de su colchoneta, echándote tú en la mitad, a tus anchas. Otras veces te acurrucabas junto a ellas que gustosamente te hacían un sitio. Hasta te dabas el tupe de comer en sus platos cada vez que querías.

Recuerdo con placer los primeros intentos por sacarte a tomar el sol de la mañana. Te coloqué en el suelo, sobre un trapo, pero aquello no te gustó. Maullaste en protesta y quisiste escapar de tanta luz. Sin embargo, poco a poco, unos minutos cada vez, después de varios días lograste soportarlo. Claro, siempre que yo te tuviera en brazos.

También me deleito ahora recordando tus primeras salidas al jardín trasero. ¿Las recuerdas tú? Estoy seguro que sí. Yo te coloqué en medio de la grama japonesa que estaba algo crecida, y me senté cerca a ver como explorabas. Todo era nuevo y asombroso para ti. La textura de la grama, los olores, los sonidos y revoloteos de los pájaros, el agua que corría en la fuente, hasta la brisa, todo llamaba tu atención. Y cuando algo te asustaba corrías hacia mí. Buen sobresalto que te dieron aquellas tres grandes piedras que olían tan raro y se movieron cuando te acercaste. Eran los morrocoyos, moles enormes comparadas contigo.

Aunque, para sobresaltos, el que tú me diste el día en que, ya con poco más de tres meses, en un descuido te escabulliste corriendo y subiste al árbol. No te conformaste con la joven higuera de ramas bajas y poca altura, en la que yo pretendía que practicaras. No, que va, tuvo que ser en el gran níspero. Claro, entendí que su gruesa, rugosa y agrietada corteza te resultara mejor para aferrarte. Además era el árbol que el Rufo utilizaba para acceder a los techos. Y pasó lo que tenía que pasar. Tú descubriste que subir era fácil, pero bajar no. Allá arriba maullaste asustado. Aunque, esa primera vez no me quedó muy claro si fue por no poder bajar, o fue más por causa de los graznidos agresivos de la descarada pareja de tordos que no querían abandonar su rama. Solamente después de un buen rato fue que decidí subir a buscarte. Entonces, como la media docena de veces que seguirían en los días subsecuentes, te aferraste a mi camisa, por debajo del cuello, yo te bajé y decidí que por ese día ya habías tenido suficiente exploración arbórea.

No pasó mucho tiempo sin que el espacio del vestidor y el baño te resultaran limitantes. Comenzaste a protestar, particularmente de noche cuando nos sentías en el dormitorio. Tú no podías pasar la puerta plegable y manifestabas tu frustración con maullidos que yo no quería atender. Fue una de esas noche en que, con enorme tesón, lograste entreabrir un resquicio en la esquina inferior, lo suficiente como para entrar al cuarto donde mami y yo leíamos en la cama. Admiré tu tenacidad.

Aquel memorable día tú recorriste el piso y todos los rincones, meneando la colita, contento por tu logro. Intentaste subir a la cama agarrándote de los faldones del edredón, pero aún no tenias la habilidad suficiente y pediste ayuda. De muy buena gana, yo cedí a tus peticiones y te subí. ¡Qué dichoso te pusiste! Ronroneaste sonoramente, yendo de mami a mí y de mí a mami, recorriendo toda la superficie de la cama, mirando hacia el piso y evaluando la altura.

Esa noche no nos dejaste seguir leyendo. Nos apartaste los libros de las manos, revisándolos y mordisqueándolos. Querías saber que cosa era aquello que atraía nuestra atención más que tú. Yo tenía las piernas dobladas y tú te empeñaste en treparte y quedar sobre mis rodillas. Por supuesto, impulso felino al fin y al cabo, sabías que quien domina la altura tiene el control. Nunca te dije que tus uñitas se agarraban bien de la tela del pijama, pero también de mi piel. Desde aquel entonces tomaste como juego subirte a mis rodillas cada vez que se te presentaba la oportunidad, y yo lucía con orgullo los rasguños.

Aquella fue la primera vez que dormiste con nosotros. Te quedaste sobre mi pecho. Los ritmos de mi corazón y respiración te resultaban tranquilizadores. Yo te mantuve sujeto para que no te escurrieras. Durante algunas semanas seguiste aquella costumbre, que a mí me encantaba. Más tarde, en algún momento de la noche, bajabas a la cama y te acurrucabas entre la almohada y mi cuello, o te metías debajo de la ropa cuando el frío te incomodaba. Fue cuando me di cuenta que, aunque estabas cubierto de un suavísimo y agradable pelo, tu barriguita aún estaba desnuda. Fue la última parte en cubrirse.

Poco tiempo después ya fuiste capaz de subir por ti mismo a la cama. Subir y bajar de un salto fue un nuevo gozo para ti. Y si alguna vez puedo afirmar haber visto a un gato sonreír, fue con el jueguito aquel que inventaste. Yo estaba acostado leyendo, desentendido de ti. Tú saltaste a la cama y corriste por encima de mí, directo hacia la cara. Esa primera vez me sobresalté un poco y cerré los ojos, pues no sabía que esperar. Pero tú te detuviste bruscamente, justo con tu nariz tocando la mía en íntimo contacto. Retrocediste un pasito y fijaste tus dorados ojos en los míos. Yo te acaricié. Tú ronroneaste, sonreíste y te alejaste para seguir en otras cosas. Así, cando yo volvía a estar distraído, tú realizabas de nuevo tu carrera y el juego de poner en contacto nuestras narices y, a veces, terminabas dándome un mordisquito cariñoso en la mía. Y yo aprendí a ronronear como tú

.Algunos días más tarde, mami y yo decidimos terminar con tu confinamiento. Por fin te dejamos en completa y absoluta libertad para vagabundear por el interior de la casa y te integraras a nuestra vida diaria, cosa que agradeciste. Sin embargo, tú nunca abandonaste lo que llegaste a considerar como tu dormitorio.
Porque, a diferencia del Rufo, que solamente lo hizo durante unos pocos meses, tú siempre conservaste el gustó por dormir en nuestra cama, tendido a los pies. Yo desarrollé el sentido de despertar antes de moverme, para estar seguro de que no te fuera a lastimar. Y allí, midiéndote por los cuadros del edredón, al igual que sucede con los hijos, con más rapidez de lo que yo hubiera querido te fui viendo crecer y hacerte adulto. Nunca alcanzaste el tamaño del Rufo, quien te sacaba la mitad más. ¿Pero a quién le importaba eso?

La mayoría de las veces llegabas a la hora de acostarnos y te dormías después de jugar un rato. Luego, hacia las cinco de la mañana te subías sobre mí y me lamías la cara, hasta que veías que yo abría los ojos, ronroneaba como tú y te acariciaba la cabeza. Tú saltabas al suelo y te dirigías hacia la puerta. Era señal de que querías salir. Y en muchas ocasiones, cuando yo estaba libre de guardias y decidía flojear quedándome acostado un poco más, tú esperabas pacientemente afuera, en el pasillo, a que mami se levantara primero. Cuando ella abría la puerta tú entrabas, subías a la cama, te acostabas en tu sitio y dormías hasta que yo despertaba. Luego desayunábamos los tres juntos. Te encantaba desayunar y cenar con nosotros, y preferías comer de mi mano más que en tu propio plato. Si no te veíamos en la maña, era casi seguro que el repetido sonido del microondas, tras calentar el café con leche o alguna comida, sería la señal para que tú aparecieras a desayunar.

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On this day..

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3 Respuestas a Mucho más que un gato-2

  1. Pingback: guardafaro.net » Mucho más que un gato-1

  2. mayra dijo:

    hola soy mayra de argentina e leido toda la historia de minimo, me llegado al corazon con mis 13 años de edad e tenido una perra lllamada doly que hace un años se me fue y me quedado my mal , tambien tengo a mis otro perro que lo tengo casi el mismo tiempo que tube a mi pera(doly) osea la compre a mi perra y lo encontre a el (chicho) en la calle y lo agarre despues de la muerte de mi perra no queria mas a nadie solo a mi perro y despues de el nadie, pero un dia se aparecio mi hermosa gata siamesa coky que con su añito de edad me ademostrado su amor y tambien que hay que dar posibilidades a otras mascotas pero sin olvidar a la que se fue

    dedicados a mis tres amores doly chicho y coky

    mayra

  3. marmitakka dijo:

    Es impresionante observar cómo se puede descubrir el tipo de persona que uno es a través de los animales.

    En el caso de Mínimo, el gatito sirvió para poner al descubierto que existen personas excepcionales en calidad humana (que se salen de lo normal), como sus dueños, y mediocres, como los que terminaron con su vida.

    El que es capaz de hacer eso con un animalito dice ya todo de su personalidad enferma y amargada.

    Animo a las personas que conservan intacta su calidad humana!! Qué gran patrimonio tienen y qué pena me dan los demás, son muertos vivientes.

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