
Cuento corto, basado en un caso real
Primera Parte
En la cueva del dragón
― ¡No te tengo miedo! ¿Lo escuchaste, bestia inmunda? Aquí estoy yo, María, una simple mujer retándote en tu propia cueva. No me importa si eres un dragón más grande que un Boing 747, que puedes engullirme de un solo bocado. Aquí estoy, de pie, esperando por ti.
¿Qué carajo hago yo metida aquí? ¡Ese dragón es enorme! ¿Qué estoy diciendo de valentías, si estoy más asustada que un hámster frente a las fauces de un león?
― ¡Sí, a ti te hablo! Los dos no podemos estar juntos en el mismo lugar. Y el que sobra eres tú. No me importan tus enormes alas de murciélago, ni tampoco tus escamas duras como el acero, ni tu larga cola que me partería de un golpe, ni mucho menos el apestoso humo que soplas por las narices y huele a hierba seca y alquitrán, quemándome los pulmones, envenenándome la sangre. De esta cueva saldrá uno sólo de los dos.
¿Pero qué insensateces estoy diciendo? ¡Esta no puedo ser yo! ¿Y cómo llegué hasta aquí, cómo me metí en este lío? ¡Coño, me está arrojando una llamarada el muy cabrón!

El 21 de noviembre del pasado año, yo publicaba el post Pasarelas, moda, modelos y anorexia. Por ese entonces, a causa de una infección generalizada provocada por extremada debilidad, se había producido el fallecimiento de la modelo internacional brasileña Ana Carolina Reston, quien a los 18 años, con 1, 74 metros de altura pesaba apenas 40 kilos, pues sólo comía manzanas y tomates.











