Si vives en un pequeño piso con tu cónguge y un par de hijos, podrás entender que tener un momento de privacidad personal para leer un libro o concentrate en lo tuyo, sin tener que atender el teléfono, contestar a los constantes “por qué” de los críos, oír a tu pareja hablar de lo que en ese momento tú no quieres escuchar, o bien mantener tu mente alejada de lo que se dice en el televisor, es algo que puede resultar una quimera inalcanzable. Incluso en viviendas grandes.
Habrás aprendido, entonces, que el único lugar en donde puedes refugiarte resulta ser el cuarto de baño. No es de extrañar que este sitio, generalmente estrecho y pequeño, cada día cobre más importancia en los aspectos de la decoración y la funcionalidad. Ya es bastante habitual encontrar en los cuartos de baño un revistero o alguna balda en la pared con ese libro que has decidido tener a mano, para disfrutarlo en esos momentos de intimidad personal, generalmente respetada por chicos y grandes.
Pues me parece que hay libros que, por la estructuración de su contenido, bien podrían catalogarse dentro de un género especial al que podríamos llamar: para leer en el baño, sin que resulte peyorativo en absoluto. Es más, hay un libro que se titula así.
Es conocida la existencia de eso que actualmente se ha dado en llamar la «doble moralidad» y que, coloquialmente, denominamos el doble rasero, aunque no se trate más que de simple hipocresía, la cual podemos resumir en el dicho popular de: haz lo que te digo pero no lo que yo hago. Existe en todas partes y ámbitos sociales, aunque quizás sea más evidente en el político.

Como dije en el post anterior, parafraseando la expresión real: a computador muerto, computador puesto o, mi portátil ha muerto, que viva mi nuevo portátil. No me ha quedado más remedio que, con todo el dolor económico que conlleva, adquirir otro cacharro nuevo. Un gasto no previsto en el presupuesto 2010.









