Aunque parezca mentira, caminando por Madrid he podido ver y escuchar más pájaros que en muchas de mis caminatas por montes y campos. Es una lástima lo que eso significa.
El caso es que cuando escucho trinar a un ave y me detengo a escucharla no me pregunto si se trata de un pájaro profesional o aficionado. Es solo un ave cantando y me he detenido porque me agradó su trino.
Me sucede igual cuando me encuentro con un cantante o un músico en cualquier pasillo del Metro de Madrid. Acordeón, guitarra, violín y flauta suelen ser los instrumentos más usuales. Si me detengo a escucharlo es porque me agrada lo que está interpretando y la forma como lo hace. En ningún momento me paro a pensar que puede ser el mejor músico del mundo realizando un experimento social, como ha ya sucedido.
Por supuesto que hay de todo. He tenido la desgracia de encontrarme en distintas estaciones con un individuo que pretende tocar una flauta dulce. La primera vez fue perfectamente obvio para mí que el tipo no tenía la más miserable idea de lo que era aquel instrumento. Como el burro que tocó la flauta por casualidad. Pero entendí que era una forma de pedir limosna sin pedirla, pretendiendo hacer algo.
¿Por qué será que cuando un país está pasando por una mala situación económica global,
Desde que el Defensor del Menor quiere que la reforma del Código Penal español contemple como delito la denominada apología de la anorexia y la bulimia, para facilitar el cierre de webs que están en pro de ellas, la tinta ha fluido por litros.
No puedo dejar de asombrarme cuando escucho que en España, la cuna de Cervantes, se cometen en la actualidad errores lingüísticos que considero inexcusables. Puedo obviar que algunos, quizás por afán de dárselas, quieran utilizar palabras de origen inglés en donde no caben.









