¿A cuántos les importa la vida de una abeja?
Me importa a mí.
Quizás has tenido la oportunidad de ver una abeja que ha entrado en tu casa, o en algún recinto cerrado. Termina subiendo y bajando por el cristal de una ventana, sin comprender qué es lo que se interpone entre ella y su libertad exterior. Finalmente, muere agotada por el esfuerzo inútil. Eso si alguien no la mata antes por temor a que, quizás en algún extraño acto de salvaje violencia, el insecto ataque a todos los presentes clavándoles su aguijón.
Sobre este particular recuerdo en forma especial mis años por el Río Orinoco, cerca de una de mis casas en Venezuela, donde, innumerables veces, tuve la oportunidad de notar el desconcierto con que las personas “civilizadas” me miraban cuando yo impedía que mataran alguna abeja, incluso avispas, que estaban atrapadas en esas circunstancias.
No daban crédito cuando me veían colocar la mano desnuda sobre el cristal, delante de la abeja, esperar a que se subiera a mi palma y, con toda calma, sacarla al exterior y verla alejarse volando. Y así, una por una, en cierta ocasión rescaté a ocho seguidas, que habían entrado en el interior del puente de mando de un buque petrolero. En aquellos rostros que me observaban había de todo, desde el asombro por el hecho de que tales insectos no me picaran, hasta las sonrisillas socarrones del que piensa que estás algo chiflado. Debe ser parte de esa locura mía.
Si alguien ya no lo sabe por su propia experiencia, yo no intentaré perder el tiempo buscando palabras para tratar de explicarle lo que se siente al ver una muerte inútil; aunque sea la de una abeja.
¿Y qué tiene que ver esto con la película AVATAR?
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