
Las puertas se cierran en el vagón de la línea 7 del Metro de Madrid y el tren arranca. No es la hora punta, pero va lleno. Una mujer que subió de última se queda de espaldas contra la puerta. Un hombre que estaba arrimado a un lado, se coloca de frente hacia la puerta, dando la espalda a los demás pasajeros. Justo en el medio del trayecto entre dos estaciones, apartando con dificultad a la gente, una señora se acerca al hombre por detrás, y tocándole en el hombro dice:
– ¿Podría dejarme pasar? Voy a bajar.
El hombre voltea ligeramente la cabeza.
– ¿Se va a bajar aquí, o va a esperar que el tren se detenga en la estación?
– No. En la estación, por supuesto. -Responde la mujer.
– Ah, bien. -Dice él, lacónicamente, y vuelve a mirar hacia la puerta, sin moverse.
Después de un momento, la mujer vuelve a decirle.
– ¿Pero no se piensa usted apartar?
– ¿Por qué habría de hacerlo?
– Es que me voy a bajar en esta parada.
– Mire que casualidad, yo también.
– ¡Vaya! ¡Podría usted haberlo dicho antes!
– ¡Coño! ¡Y también podría usted haber preguntado! ¿No le parece?
¿Quiénes usan más el dinero plástico, los extrovertidos o los introvertidos? ¿Los que se preocupan de su intimidad y la cuidan o aquellos a quienes no les preocupa en lo más mínimo?
Alguien se apunta un éxito judicial al lograr que se quiten los crucifijos en las paredes de las aula de
Pues que tengan una feliz Navidad, felices pascuas y… todo lo demás.
Supongo que a cualquiera le sonaría de locos si los propietarios de los restaurantes gourmet, o de esos que ahora llaman de cocina de autor, demandaran del Estado alguna subvención porque, debido a los pocos comensales, no les resultara rentable el negocio, mientras que los restaurantes tradicionales y tascas está llenas de gente.









