
La vieja damita era una constante presencia en el monótono discurrir de los días.
En los cálidos, cuando el bar y cafetería Elisabth instala las mesas en la terraza de la Av. Bruselas de Madrid, ella solía ocupar la mesa del rincón más alejado, junto a la barrera de setos traseros. Era raro verla acompañada por alguien. Usualmente estaba solitaria, callada, mirando alrededor, quizás sin ver o, quizás, viendo lo que nadie más captaba.
En los días fríos ella ocupaba uno de los sofás del cálido interior de la cafetería, de espaldas al ventanal lateral, generalmente con una taza ante sí, cuyo café ya se había bebido hacía mucho. Cuando la concurrencia llenaba el local la rodeaban mujeres de su edad y aún mayores. Pero muy pocas veces yo la vi conversar con alguna. Ella escuchaba, observaba y callaba.
La caracterrística principal de la vieja damita de la Cafetería Elisabeth era el postizo en la parte superior de la cabeza. El color canoso no se diferenciaba en nada de resto del cabello, pero su falsedad solía ser delatada, no tanto por su esponjosa altura sino por estár torcido hacia algún lado.

De la huelga general «impuesta» en España por los sindicatos obreros, que se realizó el pasado día veintinueve, quizás nunca se conozcan las cifras reales de personas que, siendo trabajadores con empleo, no acudieron a sus puestos de trabajo por voluntad propia, secundándola.
Un buen número de mis amigos y de mis lectores saben hace tiempo que, con vistas a conseguir su publicación, yo me encontraba dándole los toques finales a una de mis novelas. Se trataba de la titulada “La comunión de los ángeles”, que entre cambios, retoques, arreglos, sueños de reposo, correciones y decisiones me ha llevado seis años.









