Difícilmente yo podría ser director de un museo de arte moderno, simplemente porque no logro ver nada de arte en muchas obras que considero adefesios; algunas, realizadas mediante la técnica de arrojar calderos de pintura sobre un lienzo; otras, simples pintarrajos que cualquier chimpancé podría haber realizado igual o mejor. Sin embargo otro muchos las consideran elevadas expresiones artísticas. Pero eso da un indicio de lo variopinto que es el gusto y la opinión humana.
Hasta hace muy poco, las llamadas Bellas Artes eran seis: arquitectura, escultura, pintura, música, declamación y danza. La declamación incluye la poesía, y con la música se incluye el teatro. Esa es la razón por la que el cine es llamado a menudo hoy, el séptimo Arte. Pero en España, siempre buscando la innovación, han agregado otra, quizás el octavo arte: el toreo, la fiesta brava o las corridas de toro. Porque darle a un torero la medalla a las Bellas Artes es algo que no solo me ha producido un asombro supino, sino diarrea.
Estamos en medio del debate en el Parlamento Catalán por la abolición o no de las sangrientas corridas de toros. Yo no creo que nadie piense que se trata de un debate sobre nacionalismos, mucho menos sobre ninguna identidad nacional. Es un debate de naturaleza moral que, por lo tanto, debe ir más allá de consideraciones económicas ni otros remilgos. Porque si hay algo que dé de comer a cientos y miles de personas y sea de peso significativo en la economía a nivel mundial, mucho más que unos pocos criadores de toros de lidia, unos pocos toreros y unos pocos empresarios de la fiesta brava, lo es la trata de blancas y la producción y tráfico de drogas; pero está moralmente condenado y legalmente prohibido.
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