el guardián del faro

Ruido, el enemigo despiadado

El ruido nos está matando cada vez más rápido. ¡Viva el ruido!
Las consultas médicas por los efectos psicológicos debido al ruido están pasando a primer plano en muchas ciudades, como es el caso de Madrid. Gastos para la sanidad pública, ausentismo laboral, problemas familiares. ¡Pero celebremos el ruido! Porque lo que es música para ti, puede ser ruido para los demás. ¿No te habías detenido a pensarlo?

<<¡María, María, María!>> Los gritos infantiles se repiten: <<¡María… tira María, tira!>>  cada vez más apremiantes, subiendo de tono con cada llamada, irritantes casi hasta la exasperación. Me resultan insoportables, pero ya no necesito mirar para saber de qué se trata. Antes pensaba que esa María era la niña más popular del colegio; ahora pienso que debe ser la jugadora más incapaz del equipo de baloncesto infantil.

No estoy en la calle, sino en mi casa. Pero tampoco vayan a creer que estoy en el balcón, que va. Me encuentro adentro, con las ventanas cerradas. Pero los gritos entran por los cristales y las paredes como si no existieran. Es el daño colateral de vivir pegado al patio de juegos de un gran colegio, y varios pisos por encima. El sonido sube muy bien, demasiado bien. Por eso los antiguos griegos crearon sus teatros  con el escenario abajo, y las gradas para las personas estaban dispuestas en forma ascendente. Así no necesitaban de megáfonos para proyectar la voz , aún cuando no existieran paredes.

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La procesión va por dentro

Y estamos ya con la Semana Santa encima. A muchos eso no les dice nada, más allá de la posibilidad de conseguir un día feriado laboral. Para otros, sin embargo, será la culminación de un año de preparativos minuciosos y afanadas expectativas. Algunos, como Antonio Banderas, parece que recorrerían medio mundo si fuese necesario, y dejarían lo que sea con tal de estar en España, en su pueblo, para servir de costaleros y cargar sobre sus hombros el grupo escultórico con las imágenes que consideran poco menos que sagradas, durante horas de lenta y dificultosa, pero fervorosa  procesión. El novio de mi hija menor no necesita recorrer más que un centenar de kilómetros, pero tampoco le falla a su cofradía.

Considero que la vida se encuentra regida por los constantes opuestos: el día y la noche, lo bello y lo feo, lo agradable y lo desagradable, el bien y el mal, lo sagrado y lo profano.  En los seguidores de antiguas filosofías orientales hay quienes incluso afirman que no existe nada sagrado, y yo me inclino hacia tal creencia.

Si es cierto todo es del color del cristal con que se mire, —como también se dice—  y en este caso el cristal en cuestión no es otra cosa que las ideas, creencias, preferencias o traumas mentales del individuo, tal afirmación es bastante comprensible.  Lo que para unos puede ser lo mas sagrado, para otros, por el contrario, puede no significar absolutamente nada.  Y esto podemos aplicarlo tanto a los objetos del culto religioso como a las creencias al respecto, que para ello existen tantas religiones en el mundo, algunas con ideas diametralmente opuestas en cuanto a las representaciones de la divinidad y las iconografías religiosas.

En abril del 2003 escribí una pequeña narrativa que titulé “La procesión va por dentro”, con la intención de presentarla en un concurso literario que versaba sobre el tema específico de las procesiones de la Semana Mayor, y pedía describir vestiduras, pasos e imágenes.

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No te metas en asuntos de parejas

La mejor imagen de una pareja es una como esta de la foto. Pero no siempre las parejas andan así de acurrucadas y bien avenidas. La llamada violencia de género, de la que ya he hablado en otro artículo, es noticia casi diaria. Y ante las consecuencias negativas para los buenos samaritanos, uno se pregunta: ¿Meterse a defender a una mujer que está siendo golpeada por su pareja? ¿Por qué? ¿Y para qué? Siempre se ha aconsejado no meterse en líos de parejas. Pero hoy en día las cosas andan alteradas.

Tenía yo unos 17 años cuando casi salgo trasquilado por meterme donde no me llamaban, aunque creí que lo hacían. Parecía una agresión de un hombre a una mujer en una calle de Caracas, una noche cualquiera. Resultó ser una “discusión” entre novios. Lo que más me molestó fue que fuese precisamente la fémina la que más agresiva se puso conmigo, por causa de mi “intromisión”. Aprendí mi lección, y de forma bastante económica. Mi orgullo fue lo único que salió herido en esa oportunidad.

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